Pero en ese instante, todo lo que antes le había dicho a Vane retumbó con una claridad brutal en la mente de Héctor.
Recordó cuando le gritó:
—Vanessa, ¿por qué te gusta tanto mentir? Si fue Celeste quien me lo regaló, ¿por qué insistes en que fuiste tú? Si sigues con eso, te juro que te voy a dar unos golpes.
Recordó también haber dicho:
—Vanessa, si no fuera por Celeste, ya estaría muerto. Si vuelves a quitarle el mérito a Celeste, te aseguro que te rompo la cara.
Héctor no podía olvidar ese día, cuando la rabia lo cegó y, sin pensarlo, le soltó una patada en el estómago a la pequeña. Vio cómo el dolor le borró todo el color de la cara, pero aun así la acusó de fingir, de exagerar.
Había sido cruel. Cruel hasta niveles imperdonables con Vane.
Y ahora entendía perfectamente por qué Vane no quería tener nada que ver con él. En ese momento todo le quedó claro a Héctor, como si una cortina se levantara dentro de su cabeza.
Sin pensarlo mucho, le soltó una bofetada a Celeste, tan fuerte que hasta le dolió la palma.
Con los dientes apretados, le espetó:
—¡Maldita seas! Si no fuera por ti, Vane nunca habría sido acusada injustamente, y mucho menos habría roto lazos con la familia Sánchez. ¡Todo esto es tu culpa!
Celeste, sujetándose la mejilla y mirándolo con una mezcla de burla y resignación, soltó una risa amarga.
—Héctor, los que no confiaron en ella fueron ustedes, los Sánchez. Los que la acusaron también fueron ustedes. Tú mismo fuiste quien la golpeó. ¿Ahora me vas a decir que yo te obligué a hacer todo eso?
—Pero bueno, si eso te hace sentir mejor, piénsalo así si quieres.
Dicho esto, y al ver que la conversación podía llamar la atención de algún curioso, Celeste no se quedó un segundo más: se marchó apresurada del techo.
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