—Vanessa, no te pases de la raya —espetó Ezequías, con la molestia pintada en su cara. Lanzó una sonrisa burlona y añadió—: Vete a tu casa, aquí no es lugar para tus jueguitos.
Sin más, se quitó todo el equipo y lo aventó al suelo, como diciendo que se largaba, que ya no quería seguir ahí.
En ese instante, los demás empezaron a aplaudir.
—Ezequías tiene razón.
—Somos puros tipos duros aquí, ¿cómo vamos a dejar que una chamaca nos pisotee?
—Mira, mejor ni te decimos nada por tu edad. Vete, y que nos manden a un instructor hombre —remarcó uno de ellos, haciendo énfasis en esa última palabra.
Vanessa les lanzó una mirada de decepción, como si no pudiera creer lo que veía.
—¿Muy duros, verdad?
Su voz sonó cortante, casi como una bofetada.
—¿Quieren que les cambien de instructora? Olvídenlo, eso no va a pasar.
—La primera lección para un militar es aprender a obedecer órdenes. Por lo visto, ninguno de ustedes está al nivel todavía.
A los hombres de la unidad les ardió el comentario; justo ese tipo de palabras eran las que más les tocaban el orgullo.
Uno de ellos salió del grupo, miró a Vanessa con ojos de pocos amigos y soltó:
—Señorita Leyva, no aceptamos eso. No tiene derecho a juzgarnos así.
—¿Órdenes? ¿Qué órdenes ni qué nada? Nosotros corremos abajo del sol y usted va en el auto. ¿Con qué cara nos viene a decir algo?
El de al lado se sumó:
—Eso, ¿eh? ¿Qué tanto puede hacer una chamaca como tú? Nos mandas a correr diez kilómetros con peso. Dime, si te ponemos a ti con carga, ni cinco kilómetros aguantas, apuesto lo que quieras.
—No, hombre, si con esos bracitos y esas piernas apenas y llegas a tres mil metros y ya te andas desmayando.
Vanessa sonrió de pronto, una sonrisa que no traía nada de alegría.
—¿No les parece justo? Pues vamos a hacer una competencia. Si pierden, todos tienen que hacerme caso.
—¡Va! Pero que sea en una de nuestras pruebas de siempre. Si logras ganarnos, aceptamos lo que nos ordenes —aceptó uno, seguro de sí mismo.

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