Valentina suspiró. No imaginó que Anthony se atreviera a llamarla después de que había dejado su mensaje en visto. Levantó la mirada hacia Alexander. Sus ojos oscuros seguían siendo los mismos de siempre, fríos y calculadores, pero ahora había algo más... un destello de rabia.
Se mordió el labio inferior y, sin pensarlo dos veces, rechazó la llamada y lo puso en silencio.
—¿Qué te parece si pedimos unos bocadillos dulces antes de la comida? —propuso.
El mesero se acercó a ellos. Valentina tomó la iniciativa y pidió unos bocadillos dulces, tratando de no parecer nerviosa por la llamada que acababa de rechazar.
—¿Qué cosas te gustan? —preguntó ella. Cuando volvieron a quedar solos.
Alexander tardó unos segundos en responder. Era la primera vez, en dos años de matrimonio, que Valentina le hacía una pregunta que no estuviera relacionada con el divorcio o con reclamarle algo.
—¿Qué? — Respondió.
—Lo que escuchaste. Quiero saber qué te gusta... así será más fácil complacerte. —dijo con una sonrisa.
Alexander tragó saliva. Su nuez se movió lentamente al escuchar aquella última palabra. Su mirada descendió hasta los labios de Valentina, deteniéndose unos segundos en ellos. Eran suaves, carnosos... demasiado tentadores.
Levantó de nuevo la vista hacia sus ojos. No sabía si ella era consciente del verdadero alcance de sus palabras.
—¿Crees que podrás complacerme, Valentina? —preguntó él, con una sonrisa calculadora.
Valentina asintió.
Alexander se contuvo de reír. Definitivamente, ella no era consciente de cómo estaba interpretando sus palabras.
En ese momento, el mesero llegó con los bocadillos.
Los ojos de Valentina brillaron al ver la variedad de postres. Sin perder tiempo, tomó el primero y le dio una pequeña mordida. Si no le convencía, pasaba al siguiente; si le gustaba, lo terminaba por completo.
—Este está delicioso. —dijo, señalando un pequeño panecillo cubierto de chocolate.
—Lo probaré. —dijo él.
Valentina le acercó el bocadillo, pensando que Alexander lo tomaría con la mano. Sin embargo, él se inclinó ligeramente y lo tomó directamente con la boca. La punta de su lengua rozó la yema de sus dedos apenas un instante.
—Sí, es bueno. —respondió Alexander, tomando la servilleta y limpiándose la comisura de los labios.
Valentina se lamió los labios. Seguía sintiendo sus dedos húmedos por el breve roce de la lengua de Alexander.
—Me gusta el chocolate. —dijo Alexander.
Había notado la forma en que Valentina se había lamido los labios. Sonrió para sí, pero mantuvo la misma expresión fría de siempre.
— ¿En serio?, es delicioso. —dijo ella, todavía un poco aturdida.
Alexander arqueó una ceja, pero no dijo nada más.
El resto de la comida transcurrió con tranquilidad. Cuando llegó la cuenta, Valentina la tomó antes que él y dejó sobre la bandeja la tarjeta negra que Alexander le había entregado un día después de su boda.
—Veo que no mentías, tú invitas. —dijo él.
—Por supuesto. —respondió Valentina con orgullo.
Alexander arqueó una ceja. Era increíble lo ingenua que podía llegar a ser.
De regreso a la mansión, Valentina fue directamente a su recámara. Abrió el cajón del buró, sacó una libreta y escribió una sola palabra:
Chocolate.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Seduciendo a mi Esposo
Soy de bajo recurso y no puedo pagar....