Valentina sintió que el rostro le ardía. Bloqueó el teléfono y dejó caer el celular sobre la cama.
—¿En qué carajos estás pensando, Valentina? —se dijo a sí misma—. Ni siquiera eres capaz de coquetear con tu esposo... ¿y ya estás pensando en tener sexo con él?
Se quedó en silencio, mordiéndose el labio superior. Con Anthony jamás llegó a ese punto. Nunca tuvieron sexo. Hubo una ocasión en la que estuvo dispuesta a entregarse a él, pero Anthony la detuvo, diciéndole que no tenía prisa.
En aquel entonces le pareció el gesto más romántico y caballeroso del mundo. Ahora, por primera vez, se preguntó si realmente lo había hecho por respeto... o por alguna otra razón.
—Un momento... Anthony se coge a Miranda. —susurró—. ¿Alexander tendrá alguna amante?
No podía culparlo si así fuera. Después de todo, llevaban dos años de matrimonio y ella nunca había cumplido como su esposa en la cama.
Las imágenes que acababa de ver aparecieron de nuevo en su cabeza.
—¿Alexander será así...? —murmuró.
Frunció el ceño apenas un segundo.
—¿La tendrá grande?
Se quedó pensando unos segundos. Si Alexander tenía una amante, ella no tenía forma de saberlo. En dos años de matrimonio nunca se interesó por saber dónde estaba, con quién salía o qué hacía cuando no regresaba a la mansión.
…
Alexander llegó a la mansión minutos antes de la hora de la cena. Había tenido que apresurar su trabajo para regresar a tiempo.
—Señor. —lo recibió el mayordomo Saúl.
Además de Lucía, él era una de las pocas personas de absoluta confianza de Alexander dentro de la mansión.
—¿Mi esposa? —preguntó con calma.
—Está en su recámara. La señora Lucía ya fue a informarle que usted ha llegado. —respondió Saúl.
Alexander asintió y miró la hora en su reloj de pulsera. Era extraño encontrarse en la mansión a esa hora. Normalmente seguía en la empresa o, si terminaba temprano, cenaba en algún restaurante antes de regresar.
— Alexander —la voz de Valentina hizo que él la buscara de inmediato con la mirada.
Alexander tragó saliva y la recorrió de arriba abajo. Llevaba un vestido negro sencillo pero elegante, con un escote en V que destacaba sus tetas redondas. La abertura lateral dejaba ver una de sus piernas con cada paso, mientras los tacones altos acentuaban su porte.
—Llegaste temprano. —dijo ella una vez que estuvo frente a él.
—Sí. —se limitó a responder.
Había apresurado cada pendiente de la oficina para estar ahí a la hora de la cena.
—Cuando usted diga, señora. —respondió Lucía.
—Vamos. —Valentina pasó su brazo alrededor del de Alexander y tiró de él para caminar hacia el comedor.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Seduciendo a mi Esposo
Soy de bajo recurso y no puedo pagar....