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Seduciendo a mi Esposo romance Capítulo 9

Valentina y Alexander salieron de la empresa. Diego Luna no pudo objetar más. A partir de ese momento, ella manejaría su herencia como quisiera. Alexander prácticamente había dicho que no le importaba si malgastaba toda su fortuna; mientras siguiera siendo la señora Hart, el dinero jamás sería un problema.

Valentina se sintió incómoda. ¿Acaso Alexander realmente pensaba que era una mujer interesada? Durante los dos años de matrimonio se había dedicado a malgastar millones con un solo propósito: conseguir que él se cansara de ella y la dejara. Sin embargo, él nunca la detuvo... ni una sola vez.

—Gracias por la ayuda. —dijo ella con sinceridad.

Alexander la miró de reojo y arqueó una ceja. Escuchar un agradecimiento de labios de Valentina era, cuanto menos, inesperado. Estaba acostumbrado a que lo culpara de haber arruinado su vida y a escucharla jurarle que lo odiaría para siempre.

Él no dijo nada. Su teléfono vibró. Lo sacó y revisó la pantalla. Su asistente le recordaba la reunión que tendría en veinte minutos. Tal como lo había calculado, el tiempo que despejó de su agenda fue suficiente para encargarse de Diego Luna.

Valentina también sacó su teléfono. Tenía un mensaje de Anthony. Antes, una simple notificación de él bastaba para emocionarla como una adolescente. Esta vez no sintió absolutamente nada.

"Peque, estoy libre ahora. Veámonos en el restaurante de siempre."

Valentina releyó el mensaje. No le estaba preguntando si podía ir. Ni siquiera le daba la opción de negarse. Simplemente daba por hecho que ella dejaría todo para verlo. Hasta ese momento no se había dado cuenta de lo manipulable que había sido con Anthony.

Pero ya no. Levantó la mirada hacia Alexander. El primer paso para seducir a su esposo era conocerlo. La señora Lucía le había dicho que llevaba varios días saliendo de la mansión sin desayunar y que apenas cenaba algo.

Tal vez era momento de empezar por ahí.

—Te invito a comer. —propuso, procurando que sus palabras sonaran lo más naturales posible.

Alexander se quedó mirándola por unos segundos. Por un instante, la propuesta logró romper la expresión imperturbable que siempre llevaba. La sorpresa se reflejó en sus ojos detrás de los lentes, pero apenas duró un segundo. Recuperó su habitual frialdad como si nada hubiera pasado.

—Como agradecimiento por ayudarme con mi padre. —añadió Valentina al ver que él ni siquiera respondía.

Alexander dirigió la mirada hacia el chofer de Valentina, que acababa de llegar. En menos de veinte minutos tenía otra reunión. Ya le había dedicado más tiempo del previsto. Sin embargo, la actitud de Valentina era tan extraña que despertó su curiosidad. Quería descubrir qué era lo que realmente estaba planeando.

—Bien. —dijo él—. Vamos en mi auto.

Ella asintió, ocultando la satisfacción que le provocaba ver que, al menos por ahora, su plan parecía estar funcionando. Según la señora Lucía, a Alexander le gustaban las cosas dulces. Le costaba creerlo. Era difícil imaginar que un hombre tan frío y calculador tuviera un gusto tan simple.

—Sabes, hay un restaurante donde sirven unos postres deliciosos. —dijo ella, caminando a su lado.

Alexander le abrió la puerta del copiloto. Ese día había decidido conducir él mismo.

Rodeó el automóvil y ocupó el asiento del conductor. Antes de arrancar, comprobó que Valentina ya llevara puesto el cinturón de seguridad.

—Entonces... ¿quieres ir directo al postre? —preguntó Alexander, sin apartar la mirada del camino.

Valentina se quedó unos segundos pensando qué responder. Bajó la mirada y jugueteó con sus dedos.

—Sinceramente, no creí que aceptaras mi invitación. —dijo al final—. Pensé que me rechazarías.

Alexander arqueó una ceja y soltó una risa baja.

—Valentina... aquí la única que rechaza eres tú.

Ella guardo silencio, no pudo contradecirlo. Tenía razón.

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