Valentina sintió el rastro de sus manos subiendo por la espalda hasta ubicar el cierre del vestido. Se lo bajó de un jalón y las tetas le quedaron al aire.
Alexander frenó un segundo para clavarle la mirada a los pezones, duros y rosados. Se pasó la lengua por los labios, buscó uno de ellos y empezó a lamerlo con la punta.
—¡Oh, Dios! — gimió Valentina, arqueando la espalda.
Nunca la habían tocado de esa manera. Aceleró el movimiento de sus caderas, dándole sentones bruscos y estampando el coño mojado contra su erección.
Fue en ese instante cuando cayó en la cuenta: seguía siendo virgen. Siempre imaginó que su primera vez sería distinta, algo romántico y cursi, y una oficina no se parecía en nada a lo que había ideado.
—Espera… Alexander —jadeó ella, intentando frenarlo, aunque sin la firmeza necesaria.
A pesar de todo, Alexander se detuvo y alzó la mirada hacia ella. Tenía los labios rojos e hinchados, y los ojos azules completamente dilatados.
—Soy virgen… —susurró Valentina, con la cara ardiendo de vergüenza.
Alexander entrecerró los ojos. Ella era una tentación a la que no podía resistirse, pero de pronto la frialdad volvió a adueñarse de su cabeza. Pensó que lo había provocado a propósito como parte de su venganza, solo para frenarlo en el momento menos oportuno. Al menos para él.
—¿En serio? —soltó, recuperando la frialdad—. Una mujer casada que buscaba cualquier oportunidad para verse con su amante... No me hagas reír, Valentina. ¿Ahora quieres hacerme creer que, después de arrastrarte durante años detrás de Anthony, jamás le abriste las piernas?
Valentina apretó los puños. Toda la excitación que sentía en ese momento se convirtió en pura rabia; no podía creer que Alexander Hart le hablara de esa manera.
Aún sentada a horcajadas sobre él, le asestó una fuerte bofetada que hizo que Alexander girara la cara hacia un lado.
Se levantó y empezó a acomodarse el vestido, ajustando sus pechos, que aún estaban sensibles por las caricias de él. Quería salir de esa oficina a toda costa; estaba furiosa, pero para su mala suerte el cierre del vestido se había atorado.
—Date la vuelta, te ayudo. —dijo sin inmutarse—Puedes irte dramáticamente si eso te hace sentir mejor, pero procura hacerlo con el vestido puesto.
Valentina frunció el ceño e infló las mejillas de forma involuntaria. Con evidente desgana, terminó dándose la vuelta y permitió que Alexander desatorara el cierre del vestido.
Alexander arqueó una ceja con diversión. Esa mujer era capaz de sacarlo de quicio y, al mismo tiempo, hacer que olvidara el motivo de su enojo. Con cuidado, subió el cierre hasta el final.
—Listo. —retiró la mano y dio un paso atrás—. Ya puedes irte dramáticamente.
Valentina tomó el bolso que había dejado sobre la mesa de centro. Soltó un suspiro y sonrió. Alexander Hart no iba a burlarse de ella como si nada.
Se giró hasta quedar frente a él. La sonrisa maliciosa que apareció en sus labios hizo que Alexander frunciera el ceño. Apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando Valentina volvió a levantar la mano y le cruzó otra bofetada, esta vez en la mejilla contraria.
—Ahora sí puedo irme dramáticamente, maldito cuatro ojos de m****a. —dijo con una sonrisa cargada de satisfacción antes de darse la vuelta.
Alexander observó cómo Valentina abandonaba la oficina. La puerta se cerró de un fuerte golpe.
Chistó la lengua y se llevó una mano a la mejilla. Le ardía. Estaba convencido de que la segunda bofetada había dolido más que la primera.
—Valentina... no voy a dejar que me jodas. —murmuró.
Aun así, una sonrisa terminó dibujándose en sus labios. Cualquier otra persona habría salido corriendo después de golpearlo dos veces. Ella no. Incluso tuvo tiempo de insultarlo y marcharse dramáticamente.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Seduciendo a mi Esposo
Soy de bajo recurso y no puedo pagar....