Llegada la noche, Valentina seguía mirando su teléfono, precisamente el chat de Alexander. No había respondido a su mensaje. Simplemente la había dejado en visto.
—¿Qué le pasa a ese bastardo? —murmuró—. ¿Me está ignorando?
Se levantó de la cama y comenzó a caminar de un lado a otro por la habitación. Necesitaba ese diamante rosa. Sabía que la puja no sería sencilla y, por primera vez en mucho tiempo, no estaba dispuesta a gastar millones como si no importaran.
Apretó el teléfono con fuerza.
—Contéstame, maldito cuatro ojos... —refunfuñó entre dientes.
Se acercó a la puerta y pegó la oreja para escuchar del otro lado. La voz de Alexander, que parecía hablar por teléfono, se oía cada vez más cerca. Miró la hora y frunció el ceño. Era muy temprano para que regresara a la mansión, pero poco le importó. Tal vez era mejor pedirle el préstamo de frente.
Se acomodó el cabello y el albornoz. Abrió la puerta justo cuando Alexander pasaba frente a su habitación y terminaba la llamada. Él levantó la vista al verla y se detuvo.
—Hola... —dijo ella con cierta dificultad. Después de lo ocurrido en la oficina, todavía le costaba mirarlo a los ojos. Sus mejillas volvieron a arder.
—Hola. —respondió Alexander con serenidad.
—Te mandé un mensaje... —murmuró.
Alexander arqueó las cejas. Estaba convencido de que, después de lo ocurrido durante el almuerzo, Valentina volvería a comportarse como siempre: desafiante, orgullosa y manteniendo la distancia. Sin embargo, ahí estaba, buscándolo otra vez.
—Ah, sí. —dijo él—. Sobre eso... ¿perdiste tus tarjetas?
Valentina cruzó los brazos. No esperaba esa pregunta.
—No.
—Entonces, ¿por qué me pides dinero prestado? —cuestionó Alexander.
—Porque quiero hacer una compra grande este sábado. —respondió.
Alexander ocultó una sonrisa. Justo había mencionado el sábado. Era el momento perfecto para conseguir que lo invitara.
—¿Qué clase de compra? —preguntó, cruzándose de brazos sin apartar la mirada de ella.
—Bueno... habrá una subasta benéfica. —murmuró—. Hay una joya que quiero comprar.
Sus mejillas volvieron a arder. Seguía sin acostumbrarse a la forma en que Alexander la miraba.
—¿Cuánto necesitas? —preguntó, siguiéndole el juego.
Valentina dudó unos segundos. No había pensado en una cifra. Creía que pedir un préstamo consistía simplemente en que él aceptara y ella tomara el dinero que necesitara. Después de todo, nunca antes había tenido que pedir dinero prestado.
Levantó la mano, mostrando los cinco dedos.
Alexander asintió, sorprendido por esa cantidad mínima.
—¿Cinco millones? —preguntó.
Valentina lo miró confundida. Dudó unos segundos y sonrió con nerviosismo. Tragó saliva antes de responder.
—Cincuenta millones... —susurró.
Alexander sonrió de lado. Eso ya sonaba mucho más a Valentina. Después de todo, cinco millones jamás habrían sido suficientes para un capricho suyo.
—¿Y cuándo me los pagarías? —preguntó sin borrar la sonrisa.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Seduciendo a mi Esposo
Soy de bajo recurso y no puedo pagar....