Valentina observó el interior de la mansión. Era lujosa. Conservaba un estilo de época, pero con una combinación perfecta de elegancia y sofisticación.
Alexander permanecía sentado a su lado con total tranquilidad. Le aseguró que habían ido por su vestido, pero ella seguía sin entender nada. Después de todo, el vestido que tanto quería ya era de la perra de Miranda.
—Alexander... —susurró.
Él giró la cabeza para verla y sonrió de lado. La confusión en los ojos de Valentina era evidente, pero antes de que pudiera preguntar algo, las puertas de la sala se abrieron de par en par.
Una elegante mujer apareció con una postura impecable. Su cabello rubio, corto y perfectamente arreglado contrastaba con sus intensos ojos verde jade. A pesar de los años, conservaba una belleza extraordinaria y una elegancia que solo las grandes figuras de la alta sociedad podían transmitir
—No puede ser... —susurró Valentina, sin poder apartar la mirada de aquella mujer. Por supuesto que la conocía.
Era una de las diseñadoras más importantes del mundo y, sin duda, su favorita. Jamás imaginó conocerla en persona. En los últimos años se había mantenido fuera del ojo público, aunque sus diseños seguían deslumbrando por su elegancia y exclusividad.
—Cuando me dijeron que estabas aquí, no podía creerlo, Alexander. —dijo la mujer con una sonrisa.
Alexander se puso de pie y caminó hacia ella. Tomó su mano con respeto y depositó un beso sobre el dorso.
—Qué gusto verla. —dijo Alexander.
Élise Beaumont dirigió la mirada hacia Valentina, quien permanecía de pie junto al sofá, completamente inmóvil.
Alexander se giró y caminó hasta ella. Rodeó su cintura con un brazo y la condujo hasta la diseñadora.
—Ella es mi esposa, Valentina Hart. —dijo.
—Claro que la conozco. —respondió Élise con una sonrisa—. La señora Hart siempre luce radiante.
—Es un placer conocerla. —dijo Valentina, sin poder ocultar los nervios y la emoción de tener frente a ella a una de las diseñadoras más importantes del mundo.
—¿Y a qué debo su visita? —preguntó Élise.
Alexander sonrió de lado.
—Mi esposa y yo asistiremos a un evento este sábado. El vestido que ella quería ya no está disponible.
—¿Qué vestido era? —preguntó Élise.
Alexander arqueó una ceja. Ni siquiera él sabía cuál era el vestido que Valentina quería.
—Eso ya no importa. —respondió con tranquilidad—. Quiero que diseñes uno para ella.
Valentina giró la mirada hacia Alexander. Parecía que le estaba dando una orden a la famosa Élise Beaumont. A pesar de haberse mantenido alejada del mundo de la moda durante años, sus diseños seguían siendo los más exclusivos. Incluso se rumoreaba que muy pronto volvería con una colección completamente nueva.
—Alexander, esa no es la manera de pedir un favor. —Dijo Élise cruzándose de brazos.
Alexander se limitó a encogerse de hombros y no apartó la mirada de ella. Élise resistió unos segundos, hasta que terminó soltando un pesado suspiro.
—Sigues consiguiendo lo que quieres... —Dijo negando con la cabeza. Luego miró a Valentina. — Hace un par de semanas empecé un nuevo diseño. Creo que ya encontré a la mujer que debe llevarlo.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Seduciendo a mi Esposo
Soy de bajo recurso y no puedo pagar....