—Te haré adicta a mí.
Valentina abrió los ojos de golpe. Aquellas palabras no habían dejado de darle vueltas en la cabeza durante toda la noche.
—¿Qué quiso decir con eso...? —Murmuró mientras se incorporaba en la cama.
En ese momento llamaron a la puerta. Lucía entró con el habitual vaso de jugo de naranja que todas las mañanas le llevaba a Valentina.
—Buenos días, señora. —Saludó con una sonrisa mientras le entregaba el vaso — ¿Cómo se siente?
Valentina se encogió de hombros y le dio un sorbo a su jugo. Todavía sentía el cuerpo sensible por las caricias de Alexander, en especial en el coño; solo con los dedos la había hecho sentir increíble.
—¿Y mi esposo? —Preguntó de repente.
—Está en su recámara. —Respondió Lucía con una pequeña sonrisa.
En ese momento llamaron a la puerta.
—Con permiso. —Dijo otra empleada mientras entraba cargando una elegante caja blanca de gran tamaño.— Esto acaba de llegar para la señora.
Valentina dirigió la mirada hacia la caja y la reconoció al instante. El nombre de Élise Beaumont estaba grabado en la tapa.
Sin pensarlo dos veces, dejó el vaso de jugo sobre el buró, se levantó de la cama y tomó la caja entre sus manos.
—¡Llegó!... ¡Mi vestido! —Exclamó emocionada.
Ni siquiera necesitó abrirla. Si había sido diseñado por Élise Beaumont, estaba segura de que sería espectacular.
Valentina pasó la yema de los dedos sobre la tela y sonrió.
—Es perfecto... —Murmuró, acariciando el vestido con delicadeza.
—Se le verá hermoso, señora. —Comentó Lucía con una sonrisa.
Valentina asintió. El vestido había superado por completo sus expectativas, incluso el color. Azul zafiro. Nunca había sido de usar tonos oscuros.
Durante años llenó su guardarropa de prendas color marfil porque era el color favorito de Anthony. Ahora, al contemplar aquel vestido, se dio cuenta de que nunca se había detenido a elegir lo que realmente le gustaba a ella.
—Sí... —Murmuró.
Sin pensarlo dos veces, salió corriendo de la recámara y se dirigió a la habitación de Alexander.
Esta vez ni siquiera se molestó en tocar la puerta. Entró directamente y, después de cerrarla, se quedó de pie en medio de la habitación. Todo estaba exactamente como esperaba: ordenado, sobrio y completamente al estilo de Alexander Hart.
—¿Qué haces aquí? —Preguntó Alexander al salir del vestidor. Llevaba puesto un traje hecho a la medida y sostenía la corbata entre las manos.
—¿Vas a salir? —Preguntó ella, ligeramente confundida.
Alexander arqueó una ceja.
—Sí. Como todos los días, voy a la oficina. —Respondió con total naturalidad.
Valentina asintió. Era verdad. Alexander prácticamente vivía en Hart Corporation. Incluso los fines de semana terminaba encerrado en la oficina.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Seduciendo a mi Esposo
Soy de bajo recurso y no puedo pagar....