Alexander se quedó inmóvil, arqueando una ceja mientras la miraba desde su altura. Ella se lamió los labios y llevó una mano hacia su bulto para empezar a masajearlo suavemente; el simple tacto de su mano le hizo soltar un bajo ronquido.
—Valentina… —advirtió él, pero ni siquiera se atrevió a apartarla.
Ella lo miró desde aquella posición, sin dejar de masajearlo con la mano mientras sentía cómo se le ponía más grande y firme.
—Sí, es grande… —murmuró.
Alexander sonrió de lado, satisfecho por el comentario.
—Bueno, eso creo… es el primero que toco —continuó ella, ladeando la cabeza—. ¿Hay de diferentes tamaños?
La sonrisa de Alexander se borró al instante y la mandíbula se le tensó.
Valentina contuvo su sonrisa al notar la evidente molestia de Alexander. Aprovechando el momento, terminó de desabotonarle el pantalón y metió la mano directo al bóxer, rodeando con los dedos ese trozo de carne duro y caliente.
Alexander gruñó ante el contacto directo y apretó los puños con fuerza, conteniéndose para no tomarla ahí mismo.
Valentina se mordió los labios, no sabía que carajos estaba haciendo, pero no le desagradaba en lo absoluto, y tampoco parecía que a Alexander le desagradara, de lo contrario ya la hubiera apartado.
Sin dudarlo más, sacó la verga de Alexander de un tirón, la cual quedó completamente erecta frente a su rostro.
—Carajo —murmuró, abriendo la boca.
Se quedó observándola por unos segundos, impresionada por el grosor y el calor que emanaba a escasos centímetros de su cara. Valentina la rodeó con la mano y comenzó a deslizar los dedos hacia arriba y hacia abajo con lentitud, sintiendo cómo latía en su palma.
—¿Lo estoy haciendo bien? —preguntó ella, sin dejar de mover la mano.
Alexander la miraba con los ojos entrecerrados. Llevó una mano hacia ella y le metió un dedo a la boca. Valentina se dejó guiar y empezó a lamer el dedo de Alexander, mientras él lo sacaba y metía en movimientos lentos.
—Me estás jodiendo… —murmuró él, sintiendo la cabeza a punto de estallar.
Valentina sonrió. Con la otra mano empezó a presionar la punta de la verga de él. Simplemente se estaba dejando llevar por el instinto; quería hacer sentir bien a Alexander, tal como él lo había hecho con ella anoche en la piscina.
Lo que no se imaginaba era lo satisfactorio que resultaría para ella misma: el roce, el calor y el dominio de tenerlo en sus manos hacían que su propio coño empezara a mojarse sin remedio.
Alexander sonrió, sacó el dedo de su boca y lo pasó por su labio inferior.
—¿Te mojaste? —preguntó él.
Valentina solo asintió, mientras sus manos seguían firmes sobre su verga palpitante.
—Llegaré tarde a la oficina por tu culpa —murmuró él.
—¿Entonces debería terminar con esto? —dijo mirando de reojo su verga entre sus manos.
Alexander rio, le gustaba verla así: atrevida, pero con esa inocencia en la mirada. Le apretó suavemente el cabello.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Seduciendo a mi Esposo
Soy de bajo recurso y no puedo pagar....