Alexander miraba a Valentina. Una de sus manos descansaba sobre el muslo de ella, mientras la otra rodeaba su cintura.
Valentina empezó a desanudar lentamente la corbata de Alexander, recordando las palabras de Lucía.
—Alexander... ¿Trabajas los fines de semana por mi culpa? —Preguntó de repente.
Alexander entrecerró la mirada.
—Bueno... un día después de la boda me dijiste que querías verme lo menos posible en la mansión, sobre todo los fines de semana. —Respondió con total sinceridad.
Valentina levantó la mirada hacia él. Recordaba perfectamente ese domingo. Había descargado toda su rabia contra Alexander, sin darle siquiera la oportunidad de hablar.
—Lo siento... —Murmuró.
—Valentina, eso fue hace años. Ya me acostumbré. —Respondió Alexander con tranquilidad.
—Pues desacostúmbrate. —Soltó ella de inmediato, inflando las mejillas de manera infantil.
Alexander arqueó una ceja.
—¿Qué?
—Que ya no quiero que trabajes los fines de semana. —Respondió con firmeza.
Alexander rio y negó con la cabeza.
—Hablo en serio. Los fines de semana tienes que dedicármelos a mí. —Dijo ella mientras terminaba de quitarle la corbata.
—¿A ti? —Preguntó él con una sonrisa de lado.— Vas muy en serio con eso de seducirme...
Valentina se encogió de hombros. Empezó a desabotonarle la camisa.
Alexander no le quitó los ojos de encima. Deslizó la mano lentamente por debajo de la falda del vestido, acariciando la piel firme de su muslo hasta dar con la curva de su coño. Con los dedos sobre la tela de las bragas, comenzó a frotarla.
Valentina soltó un gemido bajito y abrió un poco más las piernas, dándole espacio para moverse a su antojo.
—Ay, Valentina… —murmuró él—. Te voy a coger con la lengua.
Valentina lo miró sin entender del todo. Alexander solo le guiñó un ojo, sacó la mano de su vestido y la levantó de su regazo para colocarla de espaldas a él.
—Inclínate en el escritorio —le ordenó con la voz grave.
Valentina se mordió los labios, sintiendo un temblor en las piernas, pero terminó cediendo a su indicación. Apoyó las manos en la madera y arqueó la espalda.
Alexander se levantó de la silla, miró el vaso de whisky que ella había dejado intacto y se lo tomó de un solo trago.
—Abre más las piernas —ordenó, mientras le subía el vestido hasta la cintura.
Empezó a masajear sus nalgas sobre la tela de encaje de las bragas; luego, levantó las dos manos y le dio un fuerte azote al mismo tiempo, una palmada en cada nalga. El sonido seco del golpe retumbó en la habitación.
—Joder… —gimió Valentina, sintiendo arder sus nalgas.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Seduciendo a mi Esposo
Soy de bajo recurso y no puedo pagar....