Camino a la subasta, Alexander y Valentina iban en la parte trasera del vehículo, mientras el chofer conducía con tranquilidad.
Valentina revisaba el chat de su antigua generación en el celular. Ahí estaban todos sus excompañeros, incluidos Anthony y Miranda. Apenas respondía los mensajes. Siempre había hablado únicamente con Miranda.
Bajó el celular por un momento. Era extraño. Desde que tenía memoria, Miranda había sido prácticamente su única amiga. Nunca hizo el intento de acercarse a otras personas... y ahora empezaba a preguntarse si realmente había sido una decisión suya.
—¿Qué pasa? —Preguntó Alexander al notar que llevaba varios minutos en silencio.
Valentina giró la cabeza para mirarlo. Desde que se casaron, siempre lo había visto como un hombre serio, frío y completamente dedicado al trabajo.
Pero... ¿realmente era así con todo el mundo?
—¿Tienes amigos? —Preguntó de repente.
Alexander arqueó una ceja, confundido por la pregunta.
—Sí, los tengo. —Respondió con tranquilidad.— ¿Por qué preguntas?
Valentina se encogió de hombros y soltó un suspiro.
—Es que yo casi no tengo... —Murmuró.— ¿Puedes presentarme a tus amigos?
—¿Para qué? —Preguntó Alexander, frunciendo ligeramente el ceño.
—Para que también sean mis amigos. ¿Tiene algo de malo? —Preguntó con total inocencia.
Alexander soltó un suspiro y negó con la cabeza. No tenía nada de malo... o al menos eso intentaba convencerse.
La realidad era que no le hacía ninguna gracia imaginar a Valentina rodeada de otros hombres, aunque solo fueran sus amigos.
—Es mejor que tus amigas sean mujeres... —Murmuró.— Intenta hablar con tus excompañeras en la reunión.
Valentina suspiró y desvió la mirada. Durante años dejó que Miranda fuera el centro de todo. Si ella hablaba con alguien, Valentina también. Si Miranda no se acercaba a una persona, ella tampoco.
Ya no quería seguir viviendo así.
— Valentina. ¿Por qué dices ya no amas a Anthony? — Pregunto repentinamente
Ella lo miro directamente a los ojos con sorpresa, sin esperarse esa pregunta.
—Pues... —Se quedó en silencio, incapaz de decirle la verdad.
Quería confiar plenamente en Alexander, pero todavía tenía miedo. Temía que, si le contaba toda la verdad, él se negara a ayudarla con su venganza. O peor aún, que se burlara de ella por haber sido engañada durante años por Anthony y Miranda, las dos personas en las que más había confiado.
Por ellos había jurado odiar a Alexander y lo había culpado de toda la desgracia que, ahora lo entendía, nunca había sido culpa suya.
—Olvídalo. —Susurró Alexander.
Para él, aquella duda solo significaba una cosa: Valentina seguía enamorada de Anthony Solís. Pero ya no importaba cuánto lo quisiera. Ese bastardo no volvería a acercarse a ella. Alexander pensaba destruirlo antes de que tuviera la oportunidad de hacerle el más mínimo daño.
El vehículo finalmente se detuvo. Habían llegado. Valentina respiró hondo. Se observó por última vez en la pantalla de su celular y, satisfecha con su apariencia, guardó el teléfono en el pequeño bolso que hacía juego con el vestido.
El chofer abrió la puerta. Alexander descendió primero y, sin apartar la mirada de ella, le tendió la mano para ayudarla a bajar.
—Te ves hermosa... —Dijo él al notar los nervios de Valentina.
Valentina sonrió y, sin apartar la mirada, dio un paso hacia él.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Seduciendo a mi Esposo
Soy de bajo recurso y no puedo pagar....