—Hola, Valentina. —La saludó una mujer de cabello rubio y ojos avellana, vestida con un elegante vestido corte sirena color verde jade.
—Hola... —Respondió Valentina, observándola unos segundos antes de recordarla.— Tania.
—Vaya, me sorprende que te acuerdes de mí. —Dijo la mujer con una sonrisa.
—¿Por qué? Estudiamos juntas. —Respondió Valentina con cierta incomodidad.
Tania soltó una pequeña risa.
—Porque siempre estabas con Miranda. Casi nunca hablabas con las demás, y cuando Anthony apareció, fue todavía peor.
Valentina dirigió la mirada hacia Anthony y Miranda. Sintió un nudo en el estómago.
—Te ves increíble con ese vestido. —Comentó Tania, cambiando de tema.— Y qué suerte la tuya, ser la esposa de Alexander Hart.
—Sí... —Murmuró Valentina antes de sonreír con educación.— ¿Y tú? ¿Cómo has estado?
—Bueno... me divorcié hace un año. —Respondió Tania.
Valentina guardó silencio, sin saber qué decir.
—Fue lo mejor. Era un imbécil que no dejaba de humillarme. —Dijo con fastidio. — Durante mucho tiempo pensé que era normal... hasta que un día casi me mata a golpes.
—¿Golpes? —Susurró Valentina con horror.
—Sí. —Respondió Tania. — Vaya... por esa cara, parece que sigues viviendo en tu burbuja. Dime una cosa, ¿Alexander alguna vez te ha tratado mal?
Valentina guardó silencio. Casi tres años de matrimonio y Alexander nunca la había insultado. Jamás le levantó la mano, ni siquiera durante las peores discusiones.
Era ella quien perdía el control, mientras él se limitaba a escucharla en silencio o a responder con calma. Por primera vez, se dio cuenta de que nunca había tenido miedo de Alexander.
—No. —Respondió.— Bueno, hemos tenido discusiones... lo normal, creo. Pero él siempre mantiene la calma. Al final, incluso termina consintiéndome.
Tania sonrió con cierta envidia.
—Qué suerte. No solo es millonario y guapísimo... por lo que cuentas, también te tiene muchísima paciencia.
Valentina asintió. Poco a poco empezaba a darse cuenta del hombre con el que estaba casada. Alexander podía ser, sin duda, el esposo que muchas mujeres desearían tener.
Pero era suyo... o al menos esperaba que pronto lo fuera de verdad. Primero tenía que terminar de seducirlo.
—Tania... —La llamó Valentina.— ¿Podemos intercambiar números? Digo... para salir algún día.
—¿Segura? Sabes que nunca fui del agrado de Miranda. Se va a enojar.
—Miranda no decide por mí. —Respondió con firmeza.— Ya no.
Tania la observó durante unos segundos. Al final sonrió, sacó su celular y se lo entregó. Valentina hizo lo mismo para que intercambiaran sus números.
—Gracias... —Susurró Valentina.
—Ni lo digas. Cuando estábamos en la universidad siempre quise ser tu amiga, pero cierta pelirroja nunca me dejó acercarme.
Valentina la miró sin entender.
—¿No lo sabías? —Preguntó Tania con sorpresa.— Cada vez que alguna intentaba hablar contigo, Miranda se adelantaba. Decía que no te interesaba hacer amigas, que preferías mantener tu distancia y que no soportabas que se te acercaran.
Valentina frunció el ceño.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Seduciendo a mi Esposo
Soy de bajo recurso y no puedo pagar....