Valentina se apartó de Anthony de inmediato. Por un instante sintió que la habían atrapado haciendo algo malo, aunque, en cierta forma, la manera en que él le había acariciado el rostro podía interpretarse de esa manera.
—Alexander... —dijo, tratando de forzar una sonrisa.
Anthony sonrió. Desvió la mirada hacia Alexander Hart, quien parecía no darle la menor importancia a la forma en que había encontrado a Valentina.
—Estoy aquí porque tengo unos negocios con tu abuelo. —dijo, volviendo la vista hacia ella.
Anthony alzó un poco la voz, asegurándose de que Alexander también lo escuchara. No era ningún secreto que, para Valente Luna, él siempre había sido el hombre ideal para casarse con Valentina. Sin embargo, Diego Luna jamás estuvo de acuerdo y aprovechó la ausencia del anciano para entregarla en matrimonio a Alexander Hart.
Valentina entrecerró la mirada. Su abuelo Valente siempre le tuvo un gran aprecio a Anthony, desde que supo que ella estaba enamorada de él, y lo ha estado apoyando desde entonces. Decirle la clase de hombre que en realidad era podría provocarle una crisis.
—Okey. —se limitó a decir, pasó de largo junto a Anthony y se acercó a Alexander— Te estaba esperando.
—Eso veo. —dijo Alexander, clavando en ella una fría mirada que hizo que Valentina se estremeciera.
—Vamos. —Apenas logró decir, sujetándolo del brazo.
Alexander asintió y ambos caminaron hacia la oficina de Diego Luna. Una sonrisa apareció en sus labios. Él era el esposo de Valentina. Por ley, era el único hombre con derecho a tocarla. Sabiendo perfectamente que Anthony Solís los observaba, pasó el brazo alrededor de la cintura de Valentina y dejó que su mano descendiera lentamente hasta el inicio de su nalga.
Valentina se tensó de inmediato. Dirigió la mirada hacia Alexander, pero no apartó su mano. Sintió el rostro arder y soltó un lento suspiro.
Al entrar a la oficina de Diego Luna, el hombre se sorprendió al ver a Alexander. Solo esperaba a Valentina para hablar sobre las acciones que estaba por heredar.
—Alexander, ¿qué haces aquí? —preguntó, acercándose a saludarlo con un apretón de manos.
Alexander miró la mano extendida de Diego Luna. Le resultó molesto tener que apartar la mano de la cintura de Valentina para responder al saludo.
—Valentina me dijo que querías vernos. —dijo con tranquilidad. Era mentira, pero era una forma mucho más sutil de dejar claro que pensaba quedarse durante toda la reunión.
Diego Luna le lanzó una mirada molesta a su hija. Valentina solo se encogió de hombros y se pegó un poco más a Alexander, como si él fuera su único escudo de protección.
—Solo quería hablar con mi hija sobre la herencia que está por recibir —dijo con una falsa sonrisa.
Los condujo hasta la sala de la oficina y les indicó que tomaran asiento. Valentina no dudó en sentarse junto a Alexander, sin dejar la distancia que solía mantener entre ellos.
—Como no sabe nada de negocios, quería proponerle que me permita administrar sus acciones para hacer crecer su fortuna. —dijo Diego sin rodeos.
Valentina frunció el ceño por unos segundos. Su padre nunca había sido un santo de su devoción. Aunque compartían la misma sangre, eran completamente diferentes. A Diego solo le importaba el dinero, y la prueba más clara era que la había entregado a ella en un matrimonio por conveniencia.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Seduciendo a mi Esposo
Soy de bajo recurso y no puedo pagar....