—Las videntes suelen tener sus trucos —advirtió Gavin—. A veces, el precio que piden a cambio no vale lo que ofrecen.
—Vamos a ver si Erik puede ayudarnos a conseguir un trato justo con la vidente que él consultó —respondí.
Gavin levantó las cejas.
—No sabía que había ido con una —dijo, lanzándome una mirada rápida antes de volver la vista al camino—. ¿Por qué motivo la visitó?
Ese era el momento... tenía que decirle toda la verdad, y lo hice. Le conté todo lo que Erik me había revelado sobre Irene y la sirena. Cuando llegamos a la villa, Gavin era una tormenta contenida; tenía el rostro encendido y los músculos tensos, como si apenas pudiera dominar a su lobo.
—Creí que las sirenas ya no existían —murmuró con la voz cargada de rabia—. Se supone que se habían extinguido.
—Una vidente le dijo a Erik que no era así, y él está convencido de que Chuck es una sirena que mantiene a Irene bajo un hechizo. Lo que no entiendo es qué quiere, ni por qué la está usando para conseguirlo.
—Lo voy a averiguar —dijo Gavin con firmeza—. Mientras tanto, la única forma de romper un hechizo de una sirena es el contacto cero. Puede tardar meses, pero mientras Irene no tenga ningún tipo de comunicación con él, ni mensajes ni llamadas, el efecto empezará a debilitarse. Tener cerca a su compañero verdadero también ayudará. Sé que por ahora no quiere ver a Erik, pero él debe insistir y quedarse a su lado, aunque ella lo aparte. Cuanto más tiempo pasen juntos, su loba lo reconocerá más rápido.
—Entonces, ¿no vas a matarlo? —pregunté, arqueando las cejas.
—¿Por qué haría eso? —inquirió Gavin, mientras aparcaba el auto.
Llevamos la pizza a la villa donde Matt nos recibió con entusiasmo, diciendo que moría de hambre. Irene no quiso salir de su habitación, así que cenamos los tres en el comedor. Cuando terminamos, puse un par de porciones en un plato y tomé una gaseosa light del refrigerador.
—Voy a llevarle algo de comida a Irene —les dije—. Luego bajo y ayudo a Matt con la tarea.
—Ya empiezo —respondió Matt, caminando hacia el salón del fondo.
Subí y me detuve frente a la puerta de Irene, respiré hondo antes de tocar, pero nadie respondió. Toqué otra vez y nada. Probé la manija; estaba sin seguro, así que empujé la puerta y entré.

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