Irene estaba sentada en la cama, con el rostro hundido en el celular y el cuerpo temblando.
—Hola —dije al entrar y cerrar la puerta detrás de mí—. Te traje pizza.
Levantó la vista con el ceño fruncido, pero enseguida volvió a mirar la pantalla.
—No tengo hambre —murmuró.
—Sí, pero deberías comer algo —insistí—. Sé que tuviste un día pesado y que no esperabas que Erik te soltara todo eso, pero necesitas mantener tus fuerzas.
—Erik fue un imbécil al hacer lo que hizo —dijo con rabia.
—Tal vez lo fue por cómo lo hizo —admití—, pero su intención era buena. Le importas, Irene.
—Me mintió.
—¿Y si no fue así? ¿Siquiera has pensado que tal vez decía la verdad? ¿Que Chuck no es quien dice ser? Dime, ¿qué clase de compañero engaña a su pareja así?
Irene me miró con frialdad.
—Ethan te engañó a ti —me recordó, lo sentí como un golpe en el pecho.
—Sí… pero tu papá me salvó, tal vez Erik sea quien termine salvándote a ti —respondí, tratando de sonar firme.
Rodó los ojos.
—Lo dudo, solo es otro tipo más queriendo jugar conmigo, y no pienso pasar por eso otra vez —murmuró, con un tono amargo que no era propio de ella. Me recorrió un escalofrío.
—¿Has hablado con Chuck desde que pasó todo? —pregunté.
Negó despacio.
—No —susurró—. Pero pienso en escribirle todo el tiempo, me molesta mucho que no me haya llamado para explicarme nada.
No sabía qué podría explicarle, pero me guardé mis palabras.
—¿Chuck te pidió algo alguna vez? —pregunté de repente, cambiando el tema.

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