Punto de Vista en Tercera Persona
Selene alisó las telas sedosas de su vestido negro mientras se observaba en el espejo. Estaba dentro de su vestidor, el mismo que Zachary le había construido años atrás. Su cabello oscuro y abundante caía sobre su hombro; acababa de terminar de cepillárselo. Había pasado un poco más de una hora desde que Judy y Gavin se fueron, pero aún no lograba sacarse de la cabeza las palabras de Gavin.
Pensó en su día con Judy Montague; la muchacha era peculiar, pero Selene no podía negar la extraña sensación que le producía estar cerca de ella, era como si la conociera de toda la vida.
Un golpe en la puerta desvió su atención del espejo hacia la entrada del vestidor.
—¿Sí? —preguntó, agradecida de que su voz sonara firme.
La puerta apenas se abrió y su esposo, su compañero de vida y de alma, asomó la cabeza. Había preocupación en sus ojos.
—Has estado muy callada, así que me empecé a inquietar —dijo Zachary, entrando al vestidor—. ¿Todo bien?
Selene le dedicó una sonrisa tenue.
—¿Cómo te fue con el señor Landry? —preguntó, desviando la conversación antes de que él insistiera.
Zachary frunció el ceño ante el repentino cambio, pero aun así, respondió.
—Bien —contestó—. Creo que al fin empecé a llegarle, tal vez podamos salir adelante después de todo.
Selene asintió, aunque el peso de sus dudas seguía allí, clavado en su pecho.
—Me alegra —murmuró—. Eso sería realmente bueno, quizá ya no tengamos que volver a escondernos.
—No, no vamos a escondernos —le aseguró él, acercándose—. ¿Estás segura de que todo está bien?
Selene tragó saliva. Sabía que su compañero podía leerla mejor que nadie, pero no sabía que decir para no preocuparlo, así que forzó una sonrisa que no alcanzó a iluminar sus ojos.
—Estoy bien —mintió con suavidad—. ¿Has visto a Lila?
Zachary arrugó la frente, pensativo, luego se encogió de hombros.
—No estoy seguro —admitió—. Creo que la escuché hablando con una amiga hace rato, pero no sé dónde fueron.
Los pasos de Lila también se alejaron, y Selene exhaló el aire que no sabía que retenía. Terminó de bajar las escaleras y dobló por el pasillo, encaminándose hacia el dormitorio de su hija.
Sabía que Lila le ocultaba algo; Gavin Landry no mentiría con un asunto así. Su hija siempre había sido independiente, inteligente y muy capaz de manejar su propia magia; por eso, Zachary y ella acordaron dejarla explorar sus raíces sin intervenir, a menos que Lila pidiera ayuda. Pero últimamente ocurría algo extraño, Lila seguía usando su colgante en lugar de extraer la magia, y nadie hablaba del tema.
Selene lo notaba y ya estaba cansada de callar. Necesitaba saber la verdad, aunque la destruyera.
Sin tocar la puerta, tomó la manija del dormitorio y empujó para entrar.
Lila casi pegó un grito, volteándose de golpe desde su tocador. Tenía los ojos desorbitados y el cabello despeinado.
—¿Mamá? —jadeó, alarmada—. ¿Qué estás haciendo?
—¿Con quién estabas?
Los ojos de Lila se abrieron aún más, si es que eso era posible.

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