De hecho, hoy era el aniversario del día en que firmaron su acta de matrimonio.
Como nunca celebraron una boda, no tenían un aniversario de bodas como tal.
Sin embargo, año tras año, Camila tomaba la fecha del registro civil como su aniversario oficial.
Antes, siempre era Camila quien sacaba el tema.
Como sabía que Pedro estaba tapado de trabajo, se lo recordaba con quince días de anticipación.
En aquel entonces, a Pedro siempre le molestaba.
Le parecía que celebrar esas fechas era una soberana pérdida de tiempo.
Pero su abuela le había dejado claro que a las mujeres les importaban esos detalles.
Por eso terminaba cediendo y prometía pasar el día con ella.
Sin embargo, en los últimos cinco años la había dejado plantada en cuatro ocasiones.
La única vez que sí asistió, la dejó a la mitad de la cena, sin siquiera llegar al pastel, porque recibió una llamada de Jimena y salió disparado.
Pedro sí había notado la tristeza en los ojos de su esposa.
Pero no le dio mayor importancia; después del incidente, se limitaba a pedirle a su secretaria que le comprara alguna joya como disculpa.
Este año, daba por sentado que Camila querría celebrarlo como de costumbre.
Pero ella no lo había mencionado en absoluto.
Parecía que se le había olvidado.
Y, paradójicamente, él, que siempre lo olvidaba, ahora lo tenía muy presente.
Pedro posó la mano sobre un estuche de terciopelo que llevaba a su lado.
Era una gargantilla que había mandado a hacer con un mes de anticipación para dársela de aniversario.
Todas las joyas que le había regalado en el pasado las había escogido su secretaria.
Siempre eran de las marcas más caras y exclusivas de la temporada.
Pero Camila jamás las había usado.
Probablemente no le gustaban.
Por eso, esta vez se había tomado la molestia de mandarla hacer a su gusto.
Recordaba haberla visto contemplar embelesada un catálogo de subastas, fijándose detenidamente en un collar.
El lugar se sentía desolado.
Jamás le había parecido tan enorme y vacío.
Todo estaba exactamente igual que antes, solo faltaba una persona.
Y sin embargo, se sentía hueco.
Se quedó sentado en la sala muchísimo tiempo, escudriñando cada rincón del lugar con la mirada.
Trataba con todas sus fuerzas de encontrar algún rastro de ella.
Al final, sus ojos se posaron en las macetas de suculentas que estaban alineadas frente a los ventanales.
Como llevaban tanto tiempo sin que nadie las cuidara, ya no se veían tan bonitas ni ordenadas como antes.
Algunas ni siquiera habían soportado el calor del verano y estaban marchitas en su tierra.
Todas esas suculentas las había comprado Camila.
Ella siempre decía que no se le daban las plantas, que flor que tocaba, flor que se moría, pero que las suculentas le aguantaban un poco más.
Antes, cada vez que él venía, la veía ocupada regando sus macetas, y siempre le tenía lista una comida deliciosa.

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