Daisy vio los mensajes a las seis de la mañana del día siguiente. Con solo ver la cantidad de texto, se dio cuenta de lo frustrada que había estado Camila la noche anterior.
Por miedo a que Pedro la siguiera molestando si se quedaba en Puerto Real, Camila le marcó a Manolo para pedirle un favor.
Así que, cuando Camila se despertó al mediodía, llamaron a su puerta. Era Manolo. Y traía comida.
Entró y, mientras sacaba los recipientes, le informó: —Mi compañera me pidió que te escolte hasta San Martín. El vuelo es a las cuatro de la tarde, así que tienes dos horas para bañarte, comer y hacer tus maletas.
Camila sacó el celular de inmediato para revisar los mensajes de Daisy. Su testamento de mil palabras solo había recibido una breve respuesta de la presidenta Ayala.
[Te voy a llevar de fiesta.]
Camila respondió: [¡Va!]
Daisy fue a recogerla al aeropuerto en persona, a pesar de estar súper ocupada. En cuanto se subió al coche, Camila le preguntó: —¿Y cómo me va a consentir mi sugar daddy hoy?
—¿Pues qué tienes en mente?
—Para ir abriendo apetito, unos diez strippers —bromeó Camila bromeó con un tono exageradamente seductor, haciendo reír a Daisy.
Su amiga solo era habladora. Si de verdad fuera tan aventada, no habría dejado que Pedro la lastimara tanto.
—Mejor vamos a comer primero, mírame nomás lo flaca que estás —dijo Daisy, pellizcándole el cachete.
—Ay, qué aburrido ir a comer —se quejó Camila, perdiendo el interés al instante.
—Ah, ¿sí? —Daisy reprimió una sonrisa y le indicó a Miguel, que iba en el asiento del copiloto—: Entonces cancela la reservación en ese restaurante de chicos musculosos. Dice que no le interesa.
—Entendido —respondió Miguel.
—¡Espérate, espérate! —lo interrumpió Camila de golpe—. ¿Cuál restaurante de chicos musculosos?
Daisy se arrepintió de haber abierto la boca.
—Ya, no me zangolotees, me vas a desarmar. —Entonces le contó a Camila sobre aquella noche confusa de hace cinco años.
—Creo que me echaron algo en la bebida, fue un desastre. Ni siquiera supe quién era el tipo. Después de eso no quise armar un escándalo, más que nada porque ni siquiera había fundado Cosmovisión Financiera Guaraní todavía. El dueño del lugar era alguien del círculo de empresarios de San Martín, no me convenía echarme problemas encima. Así que lo vi como si me hubiera acostado con un stripper gratis.
El tema de la denuncia le valió madres a Camila, quien preguntó súper emocionada: —¿Y qué tal lo hacía? ¿Estuvo bueno?
—Pues... pasable. —Maldijo el momento en que sacó el tema. Le dio un trago a su vaso de agua y le contestó a medias.
—¿Si lo comparas con Oliver? —Ese era el único punto de referencia que Camila tenía.
Daisy casi se ahoga con el agua. Al final, después de tanta insistencia, le dio una respuesta medio ambigua:
—Creo que... más o menos igual.

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