Pedro, como si se hubiera vuelto loco, le reclamó a Camila con dureza: —En la mañana te esperé tres horas en la puerta del hospital y en la noche otras cuatro en la entrada del hotel. ¡Te esperé siete malditas horas y resulta que estabas con otro hombre!
—¿Acaso se te olvidó qué día es hoy?
Parecía un esposo devoto reprochándole a su mujer.
Al escuchar esa voz, la alegría que Camila había sentido todo el día se esfumó a la mitad. Frunció el ceño y miró a Pedro, que había aparecido de la nada. Estaba totalmente desconcertada. —¿Qué día?
A Pedro le dolió su actitud de total indiferencia. Clavó una mirada helada en Manolo, que estaba detrás de ella, y sus ojos se volvieron más feroces. —Nuestro aniversario de bodas.
Camila se quedó pasmada un segundo, y luego le respondió con el mismo tono y actitud que él solía usar con ella en el pasado: —¿Y ese es un día muy importante o qué? ¿A nuestra edad todavía celebramos esas cosas?
Escuchar esas mismas palabras, ahora de su boca, fue como una puñalada.
—Pero antes te encantaba celebrarlo...
—Tú mismo lo has dicho, eso era antes. Si la semana pasada no me hubieras dejado plantada, ya estaríamos divorciados. A lo mejor hoy estaría feliz celebrando el aniversario de mi divorcio y de Inversiones Solaria.
Sus palabras cayeron como un balde de agua fría, dejándolo sin fuerzas al instante.
Pedro miró su expresión tranquila y todo el arrepentimiento que se le había subido a la cabeza se apagó de golpe. El vacío en su pecho se llenó de un profundo resentimiento y frustración.
Le agarró la muñeca con desesperación. —Vámonos a casa.
Camila se resistió. —Esa no es mi casa.

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