Hernán estaba preocupado porque su hijo Orion no quería casarse ni tener hijos, lo cual significaba que la familia Hidalgo no tendría un heredero directo.
"Intenté cambiar su forma de pensar, pero hice de todo y nada funcionó", decía Hernán con resignación. "Mira la vida, ¿no? Las familias más pobres, que no tienen ni para dónde caerse muertos, tienen un montón de hijos, mientras nosotros, que hasta podríamos heredar un 'trono', no tenemos ni un solo heredero."
"Ya me resigné", continuó Hernán. "Que mi hijo viva como quiera, mientras esté feliz. Mis antepasados, si se molestan, que me culpen a mí. ¡Un padre que no educa bien es el culpable! Estoy dispuesto a asumir todas las responsabilidades y castigos."
"Solo espero que mis ancestros cuiden de Orion y le den una vida llena de felicidad y sin preocupaciones..."
Orion, apoyado junto a la ventana del cuarto del altar, escuchaba en silencio. Sentía un nudo en el corazón, pero no sabía qué más podía hacer. Antes, no pensaba en casarse ni en tener hijos. Ahora, aunque había una chica que le gustaba de verdad, estaba decidido a no tener hijos propios.
Había decidido aceptar al bebé que Samira estaba esperando, y no quería que ella pasara por el dolor y los riesgos de un embarazo. Además, temía que si tenía un hijo biológico, podría llegar a preferirlo sobre el bebé de Samira.
Por eso, pensaba que lo mejor era no tener hijos propios. Quería ser consecuente con su decisión y criar al hijo de Samira como si fuera suyo.
Sin embargo, sabía que esto decepcionaría a su padre. Con el corazón lleno de culpa, llamó suavemente:
"Papá, ¿ya terminaste? ¡Es hora de irnos!"
Hernán, tras tomar aire y secar sus lágrimas, respondió: "Ya voy". Se inclinó tres veces más ante los ancestros y salió del cuarto del altar.

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