—Dicen que anoche armaste un desmadre en la casa de los Bomak, que los dejaste en la ruina. ¡Tienes agallas, eh! Meterte con los Bomak no es cualquier cosa, pero tú hasta te atreviste a hacerles un show en su propia casa —dijo el hombre con tono burlón.
—Sí, tienes plata, ¿pero sabes lo que significa tener a los Bomak de enemigos?
—Y mira, sabes perfectamente quién soy yo aquí en la zona de la frontera. Con solo decirme qué necesitas, yo salgo a dar la cara por ti. ¿Para qué te arriesgas solo?
Aspen lo miró fijamente durante un buen rato, hasta que logró calmarse por dentro.
Le hizo una seña a sus guaruras para que se alejaran, apartó la mirada del hombre, se recargó en el tronco de un árbol y encendió un cigarro en silencio.
El hombre siguió hablando:
—Ahora sí que te metiste en un problemón. Los Bomak van a querer vengarse de ti, pero si yo no les doy permiso, te juro que no se atreven ni a tocarte.
—Con que me digas una palabra amable, sólo una, yo te ayudo y se acaba el problema. Te lo juro, hago que los Bomak ni se te acerquen, ni por error.
Aspen seguía fumando, como si no escuchara.
El hombre lo miró con desconfianza.
—Qué raro, ¿no te emociona verme?
Aspen, tranquilo, solo dio otra calada. No le respondió.
El tipo se rascó la cabeza, desconcertado.
—¿No tienes nada que decirme? ¿No quieres reclamarme nada? ¿No te enojas de verme? ¿Ni ganas de pelear te dan?.
Aspen frunció el ceño, apoyado en el árbol, fumando en silencio. No le contestó ni lo miró.
Como si el otro no existiera.
El hombre lo observó unos segundos más. Poco a poco, su sonrisa se borró y la molestia empezó a notarse en su cara.
—¿En qué rayos piensas? ¿No te da ni un poquito de gusto verme? ¡Aunque sea un susto!

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