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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 1844

Aspen ya había llegado a la zona de Vivland. Apenas recibió el mensaje, se fue directo para allá, sin perder un segundo.

Mono Rojo, aunque ahora se veía obligado a seguir las órdenes de Aspen, nunca dejaba de tener sus propios planes bajo la manga. Era astuto y desconfiado, así que ideó un truco: primero haría que los hombres de Gustavo dejaran a Aspen gravemente herido. Después, él mismo mataría al grupo de Gustavo, presionaría al Aspen herido para que le entregara el antídoto y, cuando ya no le sirviera, lo despacharía también.

Luego, regresaría con la familia Bomak y les diría que Aspen había matado a los hombres de Gustavo, y que él, en un intento por salvar a Gustavo, había terminado matando a Aspen. Así, podría zafarse del lío en el que estaba metido.

Pero, como suele pasar, las cosas no salieron como él imaginaba.

Mientras Mono Rojo seguía con su fantasía de victoria, ni siquiera tuvo tiempo de ver venir a Aspen. Sintió el frío de un cañón de pistola apuntándole a la nuca.

Los hombres de confianza de Gustavo estaban igual: ya habían sido reducidos y no podían moverse. La diferencia es que ellos habían quedado inconscientes, mientras Mono Rojo todavía estaba despierto, temblando del susto.

No habían podido disparar ni una sola vez; los habían neutralizado en un abrir y cerrar de ojos.

Lo que uno se imagina siempre parece fácil, pero la realidad es dura y cruel.

Mono Rojo tragó saliva, temblando, y soltó de inmediato:

—¡No, no, no... no dispares! ¡Están aquí abajo!

Se apresuró a apartar hojas y tierra, y levantó una placa de metal que cubría una especie de sótano improvisado.

Allí, Gustavo estaba recostado con los ojos cerrados, tratando de descansar. Al escuchar movimiento, abrió los ojos, vio a Mono Rojo y frunció el ceño.

—¿Ahora qué pasó? —alcanzó a decir, molesto.

Pero antes de que terminara de hablar, vio a Aspen aparecer detrás de Mono Rojo.

De inmediato, Gustavo saltó del susto, los ojos abiertos como platos, completamente aterrorizado.

Los guardaespaldas de Aspen bajaron y lo sacaron a la fuerza.

Gustavo, al ver a sus hombres caídos en el suelo y a Mono Rojo también reducido, se puso pálido como papel. Respiraba agitado y apenas pudo preguntarle a Aspen:

—¿Tú... tú... cómo me encontraste aquí?

Aspen no contestó. Solo lo observó desde arriba, con los ojos entornados, sin decir una palabra, pero con una mirada que helaba la sangre.

El corazón de Gustavo latía desbocado, y sentía que el miedo lo iba a matar antes que cualquier bala.

Desesperado, empezó a forcejear y, al no poder liberarse, gritó para darse valor:

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