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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 1846

Rafael y Beatriz se quedaron en shock unos segundos, luego se apresuraron a explicar:

—Están malentiendo, la verdad…

Ni siquiera pudieron terminar la frase, porque el policía veterano rompió a llorar.

—¡Dios es grande! —dijo entre sollozos—. No permitió que la familia Redón se quedara sin descendencia, y hasta les dio consuegros tan decentes y una nuera tan bonita y buena.

—Cuando el viejo Redón estaba vivo siempre decía que este trabajo era peligroso, que hoy podías estar aquí y mañana ya no. Pero alguien tenía que hacerlo, ¿no? Si no lo hacíamos nosotros, tenía que hacerlo alguien más.

—Mírenlo por donde lo miren, todo era por el país, por la gente… y también, claro, por nuestros propios hijos y nietos.

—Cuando asesinaron a toda la familia Redón, ni se imaginan el dolor que sentí.

—El viejo Redón era mi compañero, habíamos pasado por mil cosas juntos, éramos como hermanos. Y cuando lo mataron de esa manera tan cruel…

—Me encargó que cuidara a su hijo, y yo lo crié como si fuera propio, lo eduqué, lo llevé de la mano… ¡y al final también lo mataron esos malditos narcos! Yo…

La voz del anciano, con el cabello blanco como la nieve, se quebró, y todos los presentes se quedaron con los ojos enrojecidos.

Entre lágrimas, el hombre siguió:

—Para ser sincero, en ese momento, estuve a punto de quitarme la vida. Si no fuera porque solo pensaba en cobrar venganza contra esos narcos, hace rato que me habría ido de este mundo.

—En ese entonces no sabía que Redón tenía un hijo. Si lo hubiera sabido, no lo habría dejado solo, jamás.

—Este muchacho… aunque los narcos no lo buscaron, se quedó sin padre, sin madre, sin hogar… ¿cómo logró sobrevivir?

Abel se sonó la nariz con fuerza y contó:

—Cuando éramos niños, andábamos por ahí pidiendo limosna. Hasta que, cuando tenía siete, nos encontramos a Aspen, y por fin pudimos comer todos los días.

—Después Aspen nos llevó a la casa de los Bello. Ahí no nos querían mucho, pero Aspen siempre fue bueno con nosotros. Los tres nos apoyábamos y, de alguna manera, formamos una familia.

El anciano, con los ojos hinchados, preguntó:

—¿Pedían limosna?

Abel asintió.

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