Cuando Aspen terminó de hablar, cambió de tema.
—Escuché por Abel que Gael ya despertó, ¿cierto?— preguntó.
Carol asintió con la cabeza.
—Sí, ya despertó, pero está tan débil que apenas abrió los ojos un rato y volvió a desmayarse. Tania está adentro con él— respondió.
Aspen frunció ligeramente el ceño.
—Voy a verlo— dijo.
Ambos regresaron juntos a la habitación del hospital. Aspen se quedó mirando a Gael por un buen rato. No dijo ni una sola palabra, pero cualquiera podía notar en su mirada la preocupación y el dolor que sentía por él.
Sobre todo cuando, inclinándose, le acomodó cuidadosamente las sábanas, con esa ternura que solo un hermano mayor tiene cuando cuida a su hermano herido.
Para no estorbar, se quedaron con Gael solo unos minutos y después se retiraron. Tania se quedó sola acompañándolo.
Por los alrededores solo había guardaespaldas; no solo los de ellos, también había policías custodiando el lugar, así que todo era seguro.
Camino al hotel, Carol intentó tranquilizarlo.
—No te preocupes tanto por Gael. Solo está débil. Si se recupera bien, no va a pasar nada. Bastante suerte tuvimos de que sobreviviera— le dijo.
Aspen asintió, y extendiendo el brazo, la atrajo hacia él, rodeándola con fuerza.
—Dios ha sido bueno conmigo. Me permitió volver a tener a mi esposa y a mi hijo conmigo, y a mi hermano a salvo. No puedo estar más agradecido— murmuró.
Carol se acurrucó en su pecho y, con ternura, le acarició la cara para tranquilizarlo.
Después de un rato, preguntó:
—¿Y Abel? ¿Por qué no lo hemos visto?
Aspen entornó los ojos. En ese momento, Abel estaba con Gustavo, sacando toda la rabia que llevaba dentro...
Cuando Aspen había llegado al hospital a buscar a Carol y a Gael, Abel estaba con Gustavo, literalmente echándole sal en las heridas.
A Gustavo le habían arrancado la carne de la pierna izquierda, dejando el hueso al descubierto; al sentir la sal, gritó del dolor, arrodillándose y suplicando.
¿Era cruel Abel? ¿Era cruel Gael? ¿Él mismo lo era?
Sí. Lo eran.
Pero los habían orillado a eso.
Gustavo, cuando asesinó a Redón y a otros agentes antidrogas, fue todavía peor.
Así que, como dicen, pobre del que se lo busca. Todo era consecuencia de sus propios actos.
Aspen soltó un suspiro y le dijo a Carol:
—Abel está ocupado con algunas cosas. Cuando termine, volverá al hospital, no te preocupes por él.
Carol pensó que Aspen ya había entregado a los enemigos de Gael a la policía, así que no le dio más vueltas al asunto.
Al llegar al hotel, ya cerca del hospital, entraron a la habitación.

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