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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 1915

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Esta vez, pasara lo que pasara, Aspen no pensaba dejarlo escapar.

Aunque Enrique tuviera alas, ella misma se las iba a arrancar.

No iba a dejarle escapatoria alguna.

Y no solo él iba a caer, también los que lo protegían.

Enrique era listo, sí, pero no tenía el poder suficiente para armar semejante lío solo; seguro que había alguien importante cubriéndole la espalda.

Aspen estaba decidida a descubrir quién era ese que ayudaba a Enrique, quién estaba detrás, moviendo los hilos y sirviéndole de escudo.

Apretó fuerte la mandíbula, y de inmediato llamó al jefe de seguridad encargado de proteger a Carol, dándole instrucciones claras.

Mientras tanto, Carol llegó al hospital. Al salir del ascensor, vio a la señora Suero sentada en una de las sillas junto al quirófano, llorando desconsolada.

El señor Suero caminaba de un lado a otro por el pasillo, los ojos rojos de tanto llorar, mirando de vez en cuando hacia la puerta de la sala de operaciones, como si esperara alguna señal, completamente desesperado.

—¡Señor, señora Suero!— exclamó Carol al acercarse.

Al verla, los dos sintieron que se les apretaba el pecho y no pudieron evitar dejar escapar otro sollozo.

—¡Carol!— exclamaron al unísono.

Carol era como una hija para ellos, ya que siempre había sido como una hermana para Samira. La señora Suero la abrazó entre llantos, y Carol, tratando de mantenerse fuerte, le acarició la espalda para tranquilizarla.

—No se preocupen, ya hablé con Nathan en el camino. Me permitirán entrar con Sami al quirófano para acompañarla —les aseguró—. Ustedes deben estar fuertes, Sami va a necesitar de ustedes cuando salga con su bebé.

La señora Suero solo podía sollozar, mientras el señor Suero, con la voz entrecortada, dijo:

—Carol, entra y dile a Sami que aquí estamos, que no está sola. Dile que no tenga miedo, que sus papás la esperan afuera.

Carol asintió, conteniendo las lágrimas.

Se cambió rápidamente con ayuda de una enfermera y, al entrar al quirófano, vio a Samira tendida en la camilla de parto, empapada en sudor, el cabello pegado a la frente y gritando de dolor, con la garganta afónica y la respiración entrecortada. Se veía totalmente agotada.

Al ver esa escena, Carol no pudo evitar que las lágrimas le brotaran de los ojos. Corrió hacia Samira y le tomó la mano con fuerza.

—¡Sami, aguanta! ¡Tú puedes! —le animó, tratando de transmitirle todo su apoyo.

Samira apenas tenía fuerzas para hablar, volteó la cabeza hacia Carol y susurró:

—Carol, cuida... cuida al bebé... siempre que el bebé esté bien...

—Lo siento... por Orion... por el señor Hidalgo... y por Olivia... Ojalá este niño pueda acompañarlos en mi lugar...

—Carol, no... no pierdas tiempo... de verdad... ya no puedo más...

Justo entonces, una enfermera entró corriendo con el celular del señor Suero en la mano.

—El papá del bebé está en videollamada, quiere hablar con Samira —dijo, apurada.

Carol reconoció a Orion en la pantalla. Sin perder un segundo, le puso el teléfono frente a Samira.

Orion ya sabía lo que pasaba y que Samira solo pensaba en salvar al bebé. Al verla en ese estado, no pudo contener las lágrimas. Se quebró por completo.

Samira, casi sin voz, murmuró:

—Lo siento...

Orion negó con la cabeza, desesperado, y entre sollozos le suplicó:

—¡Samira, tú no le debes nada a nadie! ¡Lo único imperdonable sería que te rindieras! —le dijo, llorando—. ¡Yo no quiero un hijo si no te tengo a ti! ¡No me dejes, por favor! ¡Lo que yo quiero eres tú, no solo al bebé! ¡Lucha, Samira, por favor, no te rindas!

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