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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 1924

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Enrique volvió a mirar a Carol, con una expresión rota en el rostro.

—Carol, tú también sabes lo que es pasarla mal en la casa de los Paz. Seguro tú me entiendes, ¿verdad?—

Carol no quería hacerlo enojar, pero no pudo evitar contestar:

—Lo siento, pero no te entiendo.—

—Tú naciste en una familia pobre, sí, pero por lo menos nunca te faltó qué comer. Hay muchísima gente en el mundo peor que tú.—

—Al menos naciste en un estado en paz, tienes comida, ropa y techo. Nunca has estado en peligro de muerte.—

—Si te comparas con los niños de Gaza, eres afortunada.—

—Y mira, tus papás serán pobres, pero al menos te quieren, no te pegan ni te gritan todos los días, y tampoco te obligan a matarte trabajando.—

—Te lo aseguro, tu infancia fue mucho más feliz que la mía.—

—¿Y Aspen? ¿De verdad crees que nacer con dinero es tener suerte? Su infancia fue mucho peor que la tuya.—

—La pobreza es dura, claro, pero ¿y si también te falta amor o vives con miedo? Eso también destruye.—

—Los pobres sufren de una manera, y los ricos de otra. Si no es por la vida, es por otras cosas. Nadie tiene una vida de puro gozo.—

—Haber nacido pobre, no es excusa para hacer barbaridades.—

Enrique soltó el aire con fuerza.

—¿Barbaridades? ¿Entonces para ti soy un monstruo? ¿Un criminal?—

Carol respondió en su mente: ¡Sí!

Había hecho tantas cosas crueles, llenas de maldad.

Su vida había sido difícil, sí, pero al menos la mitad del mundo estaba igual que él, y aun así, ¿cuántos llegaban a ese extremo de maldad?

Al final, el problema era él. Era malo, era un demonio.

Carol prefirió callarse para no hacerlo explotar.

Enrique seguía arrodillado, en pose de pedir matrimonio, sin perder la calma, mirándola con intensidad.

—Entonces, ¿quieres salvarme?—

Enrique notó su rechazo y agregó:

—No te preocupes por Aspen. Hoy mismo va a morir.—

Carol se tensó y lo miró con enojo. —¿Qué tonterías estás diciendo?—

Enrique murmuró:

—Arruinó años de mi trabajo, me dejó en la ruina. No puedo dejarlo ir.—

—Y encima, se atrevió a quitarte de mi lado.—

—Si muere, nadie me va a quitar lo que es mío, y tú ya no vas a pensar en él. Así, por fin vamos a estar juntos.—

¡Ese pensamiento era enfermizo!

Carol lo miró con rabia. —¡Enrique, lo tuyo ya no tiene remedio!—

Pero Enrique siguió, como si no escuchara:

—Si no pasa nada raro, Aspen hoy regresa de Ciudad Pacífico, y va a ir justo al muelle donde subiste al barco. En cuanto aparezca, todo va a volar en pedazos.—

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