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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 1929

Orion apenas miró al bebé y enseguida se dio la vuelta.

Jamás en su vida hubiera imaginado que así sería el primer encuentro con su hijo.

Había hablado muchas veces con Olivia y Hernán sobre cómo sería ese momento, cuando por fin sacaran al bebé de la sala de partos.

Hernán y Olivia hasta se peleaban, bromeando, sobre quién sería el primero en cargar al niño.

Él, muy quitado de la pena, solía decir:

—Yo no les voy a pelear por el bebé. No es que me muera de ganas por cargarlo, yo solo quiero a Samira.—

Pero ¿cómo no iba a quererlo? ¡Era su hijo, su propia sangre!

Y, sobre todo, era el hijo que Samira había traído al mundo.

¿Cómo no iba a amarlo? Lo amaba con toda el alma.

El corazón de Orion latía con fuerza, desbocado, y sentía que le faltaba el aire.

Aspen le habló en voz baja:

—Carol me dijo que es un niño. Al nacer pesó apenas un kilo seiscientos sesenta y nueve gramos. Carol dice que, aunque la situación es delicada, aún hay algo de esperanza. Por ahora el bebé sigue con latidos, aunque muy despacio.—

Los latidos eran tan lentos, tan irregulares, que podían detenerse en cualquier momento.

Orion aspiraba con fuerza por la nariz, incapaz de decir una sola palabra.

Pasaron poco más de diez minutos cuando Carol fue a buscarlos. Orion podía pasar a ver a Samira.

Bajó casi corriendo, hizo todo el proceso sanitario, se puso el cubrebocas y las fundas en los zapatos antes de entrar a terapia intensiva.

Adentro, Samira yacía en la cama, con el rostro pálido, los ojos cerrados, el oxígeno cubriéndole la boca y la nariz.

El monitor junto a la cama mostraba cifras que Orion no entendía, pero sabía muy bien lo que significaba esa frase de "sus signos vitales están un poco débiles".

Al ver la cara de Samira, tan frágil, tan ajena, Orion no pudo resistir más. Las lágrimas empezaron a caerle, grandes, sin control.

Se acercó de unos pasos a la cama, y aunque quiso llamarla, la voz no le salió; solo le temblaban los labios.

Con manos temblorosas, le acarició la mano, el rostro, las cejas, el cabello… como si con el tacto pudiera retenerla, traerla de regreso.

Orion lloraba sin consuelo, como un niño, perdido, sin saber qué hacer.

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