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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 1954

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Samira vio a su pequeño media hora después.

Ella seguía acostada en la camilla cuando la llevaron a la unidad de cuidados intensivos pediátricos.

Solo Carol pudo acompañarla adentro; Aspen y Orion esperaban afuera, angustiados.

El pequeño estaba ahí, con los ojitos cerrados, solo y frágil dentro de la incubadora. No había nadie más a su alrededor, solo un montón de aparatos fríos y sin alma.

Su cuerpecito estaba amoratado, tenía una sonda en la nariz y cables pegados al pecho.

En el bracito tenía conectada una línea para medirle el pulso y en los pies, agujas para los sueros.

En el pecho, los moretones de las inyecciones para madurarle los pulmones eran imposibles de ignorar.

Desde que nació, al bebé no lo habían abrazado ni una sola vez. Todo lo que conocía eran agujas y máquinas.

Ni siquiera había probado una gota de leche de su madre; lo primero que recibió fue un montón de medicamentos amargos.

Su respiración era tan débil que apenas se notaba el subir y bajar de su pecho. Incluso el monitor apenas podía captar su pequeño corazón latiendo.

Parecía un pajarito caído del nido después de una tormenta, aferrándose apenas a la vida.

Samira, desde su cama, torció la cabeza para mirarlo. Las lágrimas le corrían por las mejillas en silencio.

Sentía que el corazón se le rompía, el estómago se le retorcía, todo el cuerpo le temblaba.

Una tristeza tan honda la invadía que por momentos sentía que no podía respirar.

Ese era su bebé, el que tanto esperó, el que amaba más que a nada en el mundo. ¿Cómo podía soportar que él sufriera así?

¿Por qué la vida no se la llevaba a ella mejor?

Era como si la estuvieran castigando lentamente, arrancándole el alma poco a poco.

Samira se preguntaba qué pecado tan grande habría cometido en otra vida para merecer ese castigo ahora.

Si era ella la que tenía que pagar, estaba dispuesta, pero ¿por qué su bebé? ¿Por qué él tenía que sufrir tanto?

Desde un principio, el destino de ese encuentro entre madre e hijo había sido triste.

El pequeño no reaccionaba, y Samira, tan afectada por la angustia, terminó desmayándose.

Aunque su vida no corría peligro, la situación era grave.

En los días siguientes, Samira no volvió a sonreír.

Pasaba de estar dormida a llorar sin consuelo, y hasta en sueños llamaba a su bebé.

No solo la gente cercana sufría con ella; hasta los doctores y enfermeras, que ni la conocían, sentían compasión por ella.

Dicen que en la vida de una mujer hay dos momentos que lo cambian todo: casarse y tener un hijo.

Para las afortunadas, esos son los días más felices de su vida.

Pero para Samira, todo aquello era una desgracia tras otra.

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