Orion dudó por un instante, pero al final no pudo resistirse y tumbó a Samira sobre la cama.
El impulso fue tan fuerte que hasta tiró el balde donde habían lavado los pies, regando el agua por el suelo.
Ni se preocupó por eso. Se dejó caer sobre Samira, respirando entrecortado.
—De verdad, ya no aguanto más, siento que me voy a morir, ¡ayúdame! —le suplicó, desesperado.
No le dio tiempo a responder. La besó de inmediato, como si le faltara el aire.
Y no era mentira, ya sentía que se volvía loco.
Mientras la besaba con pasión, tomó la mano de Samira y la metió bajo su camisa, guiándola para que le tocara los abdominales, bajando poco a poco...
Aunque quería ir más allá, se contenía por miedo a lastimar a Samira. Solo quería que ella le diera un poco de alivio.
Samira, con la cara ardiendo de vergüenza, se dejó llevar.
Tanto tiempo aguantando, para Orion una vez no era suficiente; quería más.
Justo en ese momento, Nano se despertó.
El pequeñito no tardó en romper en llanto, exigiendo comida.
Samira volvió a la realidad de golpe y empujó a Orion, tratando de zafarse.
Orion, frustrado, insistió:
—Déjalo, mujer, un ratito de llanto no le hace daño.
—¡Sal de aquí! —le soltó Samira, furiosa.
Orion, con cara de niño castigado, intentó convencerla:
—Haz de cuenta que ni es tu hijo, que es el hijo de la amante y tú eres la madrastra. Déjalo que llore a gusto...
Samira no podía creer lo que escuchaba. ¿De verdad este era el papá?
Antes de que pudiera contestar, Olivia subió las escaleras a toda prisa.
Al escuchar el llanto del nieto, ni siquiera tocó la puerta. La abrió de golpe y se encontró con la escena: Orion encima de Samira, impidiéndole levantarse.
Olivia explotó.
—¡Orion!
Él, asustado, se levantó de inmediato.
Por suerte solo habían alcanzado a estar juntos una vez, si no, seguro los dos se morían de la vergüenza.

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