En cuanto vieron su auto, todos comenzaron a gritar como locos.
Decían que el carro de Iman era importado, traído desde el extranjero por encargo, ¡y que había costado más de cien millones! No solo tenía un diseño impresionante, sino que cada parte era de primer nivel, de esas que no encuentras en ningún lado.
En cambio, su rival solo manejaba uno de los autos comunes del club de carreras. A simple vista, se notaba que no tenía dinero.
Después de todo, en ese mundo de las carreras, el que realmente tenía con qué, sí o sí se compraba su propio auto.
Iman, apoyado en su máquina, lo miraba de reojo mientras ese tipo revisaba su coche. —¿Y ese qué hace? —preguntó, medio burlón.
Uno de sus amigos le contestó: —Está revisando el carro, no vaya a ser que le falle algo.
Iman soltó una risa seca. —Que revise bien, porque luego si pierde feo va a decir que le jugamos chueco y le metimos mano al carro.
Por ahí alguien murmuró en voz baja:
—Ese chavo se cree mucho, ¿no? Ni habla, aunque le saludes se hace el importante, súper sangrón.
—¿Y de qué presume, si ni dinero tiene? ¡Hoy Iman le va a enseñar cómo son las cosas en la pista!
Los ojos de Iman brillaron con rabia. —Justo hoy ando de malas, y este tipo me va a servir para desquitarme. ¡Voy a dejarlo fuera de la jugada!
A los pocos minutos, el rival terminó de revisar su carro, abrió la puerta y se subió. Le hizo una seña al juez con la mano, indicando que todo estaba listo.
Una mujer con vestido ajustado y provocativo se metió a la pista, moviendo las caderas al ritmo de la música y prendiendo a la multitud con un baile corto. Luego, levantó la bandera hacia el frente y, con un silbatazo, dio la señal de salida.
Al instante, los dos autos rugieron y salieron disparados del punto de partida, acelerando como si la vida se les fuera en ello.
La noche era cerrada y oscura, pero el fuego azul que salía de los escapes iluminaba el camino detrás de ellos. Las llantas, al rozar el asfalto, chillaban como fieras salvajes.
Iman tomó la delantera enseguida y volaba por el camino.
La multitud, igual de encendida que los motores, gritaba y saltaba de la emoción.
Como era una carrera clandestina en plena calle, no en toda la ruta había gente mirando. Así que, después de volar un buen tramo, los autos dejaron atrás a los curiosos y se quedaron solos en la carretera.
Ya en la curva, Iman miró por el retrovisor, despreciando a su rival con una sonrisa torcida, y de pronto se puso serio.
Justo cuando pensaba hacerle una mala jugada, el otro aceleró de golpe y le dio un golpe seco en la parte trasera del auto.
El golpe fue tan fuerte que el carro de Iman casi se voltea. A esa velocidad, cualquier error podía ser fatal.
Iman sintió el corazón en la boca, apretó el volante con fuerza y trató de volver a tomar el control.

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