Cuando llegaron a la casa, la mansión de los Hidalgo estaba completamente iluminada.
Olivia tenía a Nano en brazos, intentando calmarlo.
Hernán los acompañaba, mostrando en la tablet unos videos de Tesoro cuando jugaba antes.
El pequeño adoraba a Tesoro; al principio, al ver los videos soltaba unas risitas, pero luego el hambre pudo más y dejó de reírse para empezar a chuparse los deditos con desesperación.
De vez en cuando fruncía la boquita, a punto de llorar, aunque se aguantaba.
Olivia, entre preocupada por su nieto y angustiada por Samira, le reprochó a Hernán:
—Lilia y yo no queríamos que Sami saliera, pero tú, tan buena gente como siempre, la dejaste ir. Mira lo que pasa: Sami desaparecida y Nano muriéndose de hambre.—
Hernán intentó justificarse:
—No pensé que se fueran a tardar tanto. Sami sabe lo que hace, y sabía que la leche materna en el refri no le iba a alcanzar hasta la noche.—
Samira, antes de salir, le había dejado leche materna en el refrigerador al bebé.
Pero Nano ya se la había terminado hacía rato.
Olivia, molesta, le soltó:
—¿Y tú no viste con quién se fue? Si Sami hubiera salido sola, seguro ya estaría aquí. Tu hijo, ya sabes cómo es, nunca se comporta como papá... ¡Apostaría lo que sea a que la culpa es de él!—
Hernán estuvo completamente de acuerdo con Olivia, y con cara seria añadió:
—En cuanto regrese, le voy a dar una buena lección.—
Justo entonces Orion estaba entrando por la puerta y, al escuchar eso, no pudo evitar que se le moviera la comisura de la boca en una mueca. Si no supiera que era hijo de la familia, pensaría que de verdad lo habían adoptado.
Samira corrió al interior de la casa. Primero, en la entrada, se echó gel antibacterial en las manos y enseguida se fue directa con Olivia.
—Perdón, señora y señor Hidalgo, de verdad no quería preocuparlos. Déjenme ver a Nano.—
Le recibió el bebé a Olivia, llena de culpa.
—Perdón, hijo, mamá te hizo pasar hambre.—
Apenas Nano la vio, se sintió tan lastimado que frunció la boquita y rompió en llanto con un —¡guá!— desgarrador.
Samira lo abrazó y se apresuró a llevarlo a su cuarto para amamantarlo.
Orion bromeó desde el fondo:
—¿Pues qué, eres hombrecito o no? ¡Llorón!—
Pero Olivia y Hernán, que todavía sentían feo por su nieto, voltearon de inmediato a mirarlo con una mirada que casi echaba chispas.
Orion, incómodo, trató de bromear:
—¿A poco me van a pegar? ¿Me van a mandar a hincarme en el cuarto del altar? Mejor cálmense, ¿sí?—
Orion, con cara de “ya lo sabía”, soltó:
—Papá, ¿eso quiere decir que ya soy un orgullo para la familia Hidalgo?—
Hernán asintió.
—¡Por supuesto! Nos haces quedar muy bien.—
De pronto, Olivia se puso a llorar y las lágrimas le rodaron sin parar.
Orion, preocupado, preguntó:
—¿Y ahora qué pasó, Olivia? ¿Lloras de alegría o qué?—
Olivia se limpió las lágrimas, sonriendo.
—Es que estoy tan feliz. Siempre quise que Sami fuera mi nuera, lo soñé tantas veces, pero como tú eres tan tremendo, nunca me atreví a esperarlo de verdad. ¡Y mira nada más, sí lograste conquistarla!—
Orion bufó, resignado.
—¡Ay, mamá! ¿Quién le dice eso a su propio hijo? ¿No que eras mi mamá? Pareces mi madrastra.—
Olivia le dio un zape cariñoso y, con voz seria, le advirtió:
—No importa cómo fuiste antes, de ahora en adelante más te vale comportarte. ¡Nada de andar de coqueto! ¡Te quiero bien derechito y fiel con Sami! ¡Ni se te ocurra mirar a otra mujer!—

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo
Cómo se llama la segunda parte de la novela?...