Carol asintió con la cabeza.
—Es cierto —respondió.
Samira, con la curiosidad brillando en los ojos, preguntó:
—Carol, ¿y esto se puede comprobar de alguna forma?
Carol hizo una mueca, medio divertida, medio incómoda.
—Eso es cosa privada de la gente, no puedo andar metiéndome a averiguar —respondió.
Samira se rió:
—No te digo que lo compruebes tú. Que lo haga Aspen, si él y Gael son como hermanos, es normal que se preocupe, ¿no crees?
Carol pensó que tenía razón.
—Voy a decirle a Aspen —dijo—. Además, ¿no fue Orion el que andaba diciendo que tenía la manera de arreglar lo de Gael? Ya hace rato que lo dijo y hasta ahora no ha pasado nada.
Samira apretó los labios, pensativa.
—Ya le pregunté varias veces —contestó—. Siempre me sale con que hay que esperar el momento indicado, que todavía no es el tiempo.
Carol suspiró.
—¿Pero qué es lo que está planeando? —preguntó, intrigada.
Samira negó con la cabeza.
—Ni idea, no me cuenta. Nada más dice que espere y que me prepare para el espectáculo.
Seguían charlando, cuando Orion y Aspen bajaron las escaleras.
Se notaba que ambos venían de buen humor.
En cuanto Orion vio a Tesoro, la saludó con una sonrisa enorme:
—¡Tesoro!
Tesoro se giró, la pequeña Ani en brazos, y le contestó al vuelo:
—¡Ani, saluda a tu padrino!
Orion miró a la gorda y poco avispada conejita que Tesoro cargaba, y no pudo evitar que se le escapara una mueca divertida.
A sus treinta años, jamás imaginó que algún día tendría... ¡un hijo conejo!
Esa noche, Orion y Samira cenaron en el Jardín Número Uno.
Después de comer, se fueron a casa, llevando a Nano con ellos.
Antes de irse, Samira le preguntó a Tesoro:
—Tesoro, ¿mañana quieres ir a casa de tu madrina a jugar?
Tesoro negó con la cabeza, tajante.
—No quiero… —contestó.

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