Ese día, al enfrentarse personalmente con Ledo, por fin entendieron por qué Ledo se atrevía a ser tan arrogante.
El ambiente en la transmisión en vivo se volvió súbitamente solemne. Todos en el lugar guardaron silencio, atentos, sin apartar la vista del duelo.
Aspen y Carol, igual que Laín y Miro, estaban pegados a la ventana, observando cada movimiento, sin perderse ni un detalle.
Después de unos segundos, un grito ahogado recorrió el lugar.
Ledo, con una patada certera, tumbó al presidente al suelo, haciéndolo escupir sangre varias veces.
Pero no se detuvo ahí. Ledo se acercó, decidido a terminar lo que había empezado. Lo pisó con fuerza contra el suelo, tomó una de sus manos y…
—¡Crack!
—¡Aaaah!—
El grito del presidente, mezclado con el sonido de huesos rompiéndose, puso los pelos de punta a todos.
Ledo, delante de todos, le destrozó las manos y los pies.
Para alguien que vivía de las artes marciales, perder las manos y los pies era peor que la muerte. Ya no sólo era una derrota: era la expulsión definitiva del mundo de la lucha.
El presidente lo sabía perfectamente. Para él, esto era más grave que perder la vida.
Respiraba con dificultad, el rostro desencajado por el terror, mirando fijamente a Ledo. —Tú… tú…— apenas logró decir antes de escupir sangre y desmayarse por el shock.
Sus hombres, al verlo, corrieron de inmediato. —¡Presidente!—
Todos estaban tan asombrados que casi se les salen los ojos. Miraban a Ledo sin poder creer lo que acababa de hacer.
—¡Tú… tú acabas de arruinarle la vida a nuestro presidente!—
Ledo los miró con frialdad.
—Alguien como él, con tan mala entraña, no merece seguir en el mundo de las artes marciales— soltó con voz dura.
Los demás, furiosos y con los dientes apretados, gritaron: —¡Maldito!—
Se lanzaron sobre Ledo, con odio en la mirada, dispuestos a todo.
Ledo frunció el ceño, y el lugar se llenó de gritos de dolor…
Cuando corrieron hacia Ledo, todos estaban sanos. Cuando cayeron, ya eran unos lisiados.

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