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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 2136

La llamada venía del Hotel Nuestra Gloria.

El Hotel Nuestra Gloria era el sitio al que Ledo había ido primero para despistar a sus enemigos, justo por eso lo habían elegido.

—Aspen, acaban de traer unos pastelitos a las habitaciones. Dicen que es cortesía de la casa, gratis, para todos los huéspedes —informó la voz al teléfono—. Ya revisé y sí, en todas las habitaciones los están dejando, pero una de las personas que los reparte es un rostro desconocido. ¿Abrimos la puerta para recibirlos o qué hacemos?

Aspen no respondió de inmediato. Primero le pidió a Miro que revisara las cámaras de seguridad del hotel.

Miro se movió rápido, tecleando sin descanso.

En pocos segundos, las imágenes del hotel aparecieron en la pantalla de su computadora.

En la puerta de la suite donde había estado Ledo, un hombre y una mujer, vestidos como empleados del hotel, empujaban un carrito lleno de charolas. Sonreían amablemente, esperando a que alguien les abriera la puerta.

Sin esperar la orden directa de Aspen, Miro ya estaba buscando los datos de esos dos empleados.

La información decía que sí, los dos trabajaban ahí. El rostro desconocido era nuevo, había comenzado a trabajar ese mismo día, pero su historial era totalmente limpio, un ciudadano común y corriente, nada sospechoso.

Aún así, Aspen decidió no confiarse.

—Recíbanlos —ordenó—, pero consigan también una muestra de los pastelitos de otra habitación. Que los traigan juntos para acá.

—¡Entendido! —respondieron al otro lado.

Apenas colgaron, Carol los llamó a comer.

Miro cerró la computadora y los cuatro, padre e hijos, salieron del estudio rumbo al comedor.

No habían terminado de almorzar cuando llegó la charola con los pastelitos.

Carol pensó que Aspen había comprado algún antojo típico de la región, pero al acercar uno a la nariz y olerlo, frunció el ceño de inmediato.

—¡Esto no se puede comer! —dijo, tajante.

Aspen la miró, intrigado—. ¿Tienen veneno?

Carol, preocupada, negó con la cabeza.

—No es normal —replicó, ojeando el pastelito.

Lo partió por la mitad, pero a simple vista no se veía nada raro. Se acercó más, olfateó de nuevo, y luego fue por papel y lápiz.

Se sentó a la mesa, escribió un par de nombres de hierbas, pensó un rato, anotó otros cuantos.

Así, entre pausas, pasaron más de diez minutos hasta que Carol dejó de escribir.

Miró la lista, la leía y apretaba los dientes.

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