Tania llevaba el cabello medio recogido y vestía un conjunto sencillo de algodón y lino.
Arriba tenía una blusa lisa de lino, abajo una falda larga de cuadros. En los pies, unos zapatos planos tipo Cano y colgando al hombro, una bolsa cruzada también de algodón y lino.
Nada era de marca famosa, todo junto no llegaba ni a quinientos pesos.
Su manera de vestir era muy normalita, a simple vista nadie pensaría que era hija de una familia adinerada.
Más bien parecía la típica chica simpática de la cuadra, libre y relajada.
—¡Hola, Tania!—
El portero de la casa de los Hidalgo la vio venir desde lejos y le saludó con ánimo.
Tania iba todos los días a la casa Hidalgo, así que todos los que trabajaban ahí ya la conocían.
Con una sonrisa, Tania sacó de su bolsa dos cajitas y se las entregó.
—A ver si les gustan estos pastelitos que hice. Luego me cuentan qué tal, pero sean sinceros, ¿eh? Pueden criticar sin pena.—
Los porteros recibieron las cajitas con gusto.
—¡Gracias, Tania! ¿De verdad los hiciste tú?—
—¡Claro!—
—¿Son para la señora?—
Tania negó con la cabeza.
—¡Qué va! ¡Sami vive cuidando la línea, le tiene pavor a lo dulce! Ella igual que ustedes es mi catadora. Los que hago de verdad son para Gael.—
El portero más joven bromeó:
—¿Así que para conquistar a un hombre hay que llegarle primero por el estómago?—
Tania asintió con entusiasmo.
—¡Exacto! Ya vas entendiendo. Quiero ser toda una chef, darle de comer todos los días, acostumbrarlo a mi sazón para que no se quiera ir nunca.—
El portero le hizo una seña de “muy bien”.
—¡Qué buena estrategia!—
El otro preguntó, dudoso:
—Pero con ese carácter que tiene Gael... ¿no que no le gustan los postres?—
Tania respondió rápido:
—¡Eso no es problema! También sé hacer cosas saladas. Si no le gustan los dulces, le llevo algo salado. Pero bueno, ya me voy con Sami, nos vemos.—

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