Por otro lado, desde que Wagg salió del lugar, su celular no dejó de sonar ni un segundo.
Primero fue el gobierno de Eagle, que lo llamó para regañarlo duramente. Le reprocharon que había manejado muy mal todo ese asunto y que eso estaba dañando seriamente la imagen y la reputación de Eagle.
A Wagg no le interesaba escuchar más. Apenas terminó la llamada, enseguida marcó el número de Weber.
Weber creyó que lo llamaba para hablar sobre el tema del envenenamiento, así que tomó la iniciativa y dijo:
—Nos tomaron el pelo. Pensamos que se había comido el pastel con veneno, pero todo fue una farsa que él mismo montó.
—Ese chico no es nada simple. Seguro tiene a alguien con conocimientos médicos de alto nivel a su lado, porque un doctor común jamás hubiera detectado el veneno en el pastel.
—Yo sugiero que lo detengan a la fuerza y lo investiguen bien.
Wagg, molesto, respondió:
—¿Y cómo piensas atraparlo? ¿No viste cómo pelea?
Weber contestó:
—Por muy bueno que sea con los puños, no puede contra las balas.
Wagg frunció el ceño.
—Ahora tiene tanta influencia que si nos atrevemos a detenerlo a la fuerza, seguro que en Puerto Rafe se van a poner en pie de guerra. ¡Eso podría desatar un conflicto entre los dos países!
Weber insistió:
—Pues que lo detengan como hicieron con Jordan: que la policía invente cualquier excusa y lo arreste.
Wagg soltó un largo suspiro, frustrado.
—Ya lo del muchacho es así, ni modo. Pero eso ya no es lo importante, ¡el problema ahora eres tú!
Weber guardó silencio unos segundos.
—No tienes que preocuparte por si me enredan a mí. Es cierto que yo proporcioné el veneno, pero no hay manera de que encuentren pruebas.
Wagg recalcó:
—¡No es eso lo que me preocupa!
Weber preguntó:
—Entonces, ¿qué te preocupa?
—Yo...
Wagg se quedó callado, dudó un momento y luego dijo:
—Hablemos en persona. Esta noche paso a buscarte.

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