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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 2929

El viento rugía con furia, y la lluvia caía a cántaros sin cesar.

De repente, oyó un ruido de algo rompiéndose. Tania se levantó de un salto, se acercó a la ventana y miró hacia abajo.

Llovía con tanta fuerza que la visibilidad era escasa, y no podía distinguir qué había producido el sonido.

De pronto, algo le vino a la mente y ¡sus ojos se abrieron como platos!

¡Todas sus suculentas seguían en el estante de flores del patio!

Las pequeñas suculentas eran frágiles, ¡no podrían soportar un viento y una lluvia tan intensos!

Tania entró en pánico y corrió hacia la puerta de la habitación.

Había traído esas suculentas del Barrio Al Futuro. ¡Las que llevaban más tiempo con ella tenían casi diez años!

No eran de variedades especialmente raras, pero su valor residía en el tiempo que las había cuidado; ya les había cogido cariño.

¡Algunas llevaban más tiempo con ella que el propio Gael!

Normalmente las guardaba en el invernadero de suculentas, pero cada año, en primavera y otoño, las sacaba para que tomaran el sol y recibieran luz natural.

¡Anoche había vuelto muy tarde y, preocupada solo por Dulci, se había olvidado de ellas!

Tania corrió apresuradamente al vestidor junto a la entrada, abrió el armario en busca de un impermeable.

¡Pero el impermeable no estaba en el armario!

Tania se quedó perpleja por un par de segundos, pero antes de que pudiera buscar en otro sitio, se oyó otro ruido del exterior, el sonido de una maceta al romperse.

No había que pensarlo mucho: una de las suculentas del estante había sido derribada por el viento, y la maceta se había hecho añicos.

Tania frunció el ceño y, sin molestarse en seguir buscando el impermeable, salió corriendo.

En cuanto abrió la puerta, una ráfaga de aire frío la golpeó.

Cada lluvia de otoño traía consigo más frío. A finales de otoño en Puerto Rafe, el tiempo ya se había vuelto fresco, y con un día de viento y lluvia como ese, la temperatura era aún más baja.

Tania, que vestía un pijama de algodón, tembló de frío, pero aun así se lanzó de cabeza a la lluvia.

Era tal como había imaginado: más de la mitad de las suculentas del estante habían sido derribadas por el viento. Las macetas de cerámica estaban rotas en pedazos; las de piedra no se habían roto, pero las plantas se habían salido de ellas, con las raíces expuestas.

Además de las suculentas, las demás flores y plantas del jardín también habían sufrido daños de diversa consideración, con los pétalos esparcidos por el suelo.

A Tania se le encogió el corazón. Se agachó rápidamente para recogerlas y, bajo la lluvia torrencial, las fue llevando al invernadero.

Solo podía llevar una o dos macetas a la vez, así que iba y venía una y otra vez.

Después de mover las más pequeñas y fáciles de transportar, empezó con las más grandes.

Aunque las macetas de suculentas no eran enormes, las de piedra donde cultivaba las plantas más antiguas pesaban varias decenas de kilos.

Tania se esforzaba por levantarlas, pero a pesar de intentarlo varias veces apretando los dientes, no podía moverlas.

Estaba angustiada y no sabía qué hacer cuando, de repente, alguien abrió la puerta de la verja y entró.

La distancia entre ellos era considerable y, a través de la cortina de lluvia, Tania no podía ver quién era, pero no sintió el menor temor.

Después de varios años con Gael, aparte de preocuparse por la seguridad de él, nunca había temido por la suya propia.

Gael la protegía muy bien a ella y a su familia, dándole una total sensación de seguridad.

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