—¿De verdad falleció? —preguntó uno de los directivos más antiguos de la familia.
—¡No, sigue vivo! —se apresuró a decir el Dr. García.
Todos se quedaron atónitos.
—¡¿Sigue vivo?! ¿Cómo es posible…? —exclamó Rodrigo, sorprendido.
—Fue gracias a don Salvador —explicó el doctor—. Él logró sacar al señor Enríquez de las garras de la muerte.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Pero no había dejado de respirar? ¿Cómo lo reanimaron? Doctor García, ¿no nos estará engañando?
Antes de que el doctor pudiera responder, don Salvador salió de la habitación.
—El doctor García no miente. El señor Enríquez, en efecto, sigue vivo.
Rodrigo seguía sin creerlo.
—¡Voy a entrar a ver!
—Todavía está inconsciente. No deberíamos molestarlo ahora. Si quiere, puede mirarlo desde el cristal —le indicó don Salvador.
De inmediato, todos se agolparon frente a la ventana de cristal.
A través de ella, podían ver que el monitor junto a la cama mostraba signos vitales estables y el goteo de la vía intravenosa caía a un ritmo constante.
¡Realmente seguía con vida!
Los ojos de Darío y su grupo se enrojecieron de la emoción.
—¡Qué bien! ¡Sigue vivo! ¡Gracias, don Salvador! ¡Muchísimas gracias!
Don Salvador hizo un gesto con la mano.
—Tuvo suerte, nada más. Pero el peligro no ha pasado. Hoy hemos salvado su vida, pero mañana… quién sabe.
—¿Hay alguna manera de salvarlo definitivamente? —preguntó Darío con urgencia.
Don Salvador negó con la cabeza. Movió los labios, como si quisiera decir algo, pero al ver a toda aquella sarta de buitres, dudó y al final guardó silencio.
Tras un momento, dijo:
—No lo molesten por ahora. Si ocurre algo, llámenme. Yo ya me retiro.
Darío asintió de inmediato, y el Dr. García acompañó a don Salvador a la salida.
Gorgonio le susurró a Rodrigo:
—¿Qué pasó? ¿Cómo es que lograron salvarlo?
—Para ser precavido, no me atreví a darle una dosis tan fuerte —respondió Rodrigo en voz baja—. No te preocupes, esta noche le daré un poco más. Te aseguro que no pasa de hoy.
Gorgonio entrecerró los ojos y asintió.
—Bien.
Rodrigo se volvió hacia Darío y su grupo.
—No sé de qué se alegran tanto. ¿No oyeron a don Salvador? Hoy se salvó por pura suerte, pero mañana ya veremos.
El grupo de Darío apretó los puños, la ira creciendo en cada uno de ellos.
—¡Al menos hoy el señor Enríquez sigue vivo, para tu decepción! —dijo Darío con los dientes apretados.
Rodrigo entrecerró los ojos y se burló:
—Pues esperemos que siga vivo mañana, y pasado mañana, y el día después.
El grupo de Darío captó la amenaza en sus palabras y replicó, furioso:
—Todo da vueltas en esta vida. A cada cerdo le llega su San Martín. ¡Los malvados siempre pagan por lo que hacen!
—¡Pues que venga ya mi castigo, a ver si me asusto! —contestó Rodrigo con desdén.
Los demás directivos, que fruncían el ceño y suspiraban en silencio, ya sospechaban que el accidente de coche había sido un atentado orquestado por Rodrigo. Cansados de la discusión, le dijeron a Darío:
—Si pasa cualquier cosa con el señor Enríquez, avísanos de inmediato.
—¡Sí! —asintió Darío.

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