Abel, al salir del shock, soltó una carcajada nerviosa.
—¡Carol! ¡¿Cuándo regresaste?!
Carol sonrió.
—¿Qué pasa? ¿Acaso está prohibido que vuelva a la ciudad?
Abel agitó las manos con frenesí.
—¡No, no, por supuesto que no! Solo decía que debiste avisarme. Aspen y yo habríamos ido corriendo a buscarte al aeropuerto.
—Quería darle una sorpresa a Aspen —explicó Carol encogiéndose de hombros—. Pero, viendo el pánico de las chicas... ¿Se me hace que la sorpresa va a terminar siendo un tremendo susto para mí?
Carol realmente quería sorprenderlo. Esa misma mañana, en su llamada matutina, le había mentido diciendo que su vuelo aterrizaba pasada la medianoche y que no valía la pena que la esperara despierto.
Al aterrizar, se había dado cuenta de que un grupo de guardaespaldas la monitoreaba a la distancia. Sabiendo que eran los hombres de su marido, Carol le envió rápidamente un mensaje a Gael exigiéndole silencio absoluto para no arruinar la gran entrada.
Ni siquiera pasó por su casa a dejar las maletas; se dirigió directo a la torre del Grupo Bello.
Incluso en recepción, cuando la sorprendida recepcionista intentó llamar a la oficina de la presidencia para anunciar su llegada, Carol la silenció de inmediato.
Todo para regalarle un momento romántico a su estricto marido.
¡Pero a juzgar por el escándalo que acaba de escuchar a sus espaldas, definitivamente algo jugoso estaba ocurriendo allí!
Abel se rio nerviosamente, sintiendo que sudaba en frío.
—¡Claro que no será un susto! ¡Aspen cuenta las horas para verte! ¡Si te ve aquí, se pondrá a saltar de alegría!
Carol entrecerró los ojos y se cruzó de brazos.
—Entonces dime, ¿por qué todo el mundo andaba murmurando hace un segundo?
Abel, sin salida, cantó la verdad:
—... Adentro de la oficina de Aspen está la Señorita Ferrer. Jamás había venido antes, y como las secretarias no la reconocieron y apareció hoy de la nada armada hasta los dientes... pues, despertó algo de curiosidad.
Las secretarias, desde sus escritorios, asintieron frenéticamente en un intento por validar la versión sin echarse la soga al cuello.
Carol frunció el ceño.
—¿Señorita Ferrer?
Abel se apresuró a intervenir, gesticulando para intentar suavizar las cosas.
—¡Carol, por favor no vayas a malinterpretar la situación! Ella es la actual novia de Thor Echeverría. El tipo le suplicó a Aspen que le permitiera venir hoy para regalar almuerzos a los empleados y hacerle promoción gratis a su nuevo restaurante.
»Es una simple estrategia de marketing usando nuestro prestigio. Aspen aceptó única y exclusivamente porque se lo pidió Thor.
Carol torció la boca y murmuró pensativa:
—¿La novia de Thor? ¡¿Te refieres a Valentina Ferrer?!
—Esa misma —asintió Abel.
Una carcajada fría y afilada brotó de los labios de Carol.
—¡Increíble! Esa chica sí que no sabe valorar su propia suerte. Está cavando su propia tumba, ¡pero está empeñada en arrojarse al hoyo a como dé lugar!
Samira ya le había puesto al tanto de la situación. Según le contó, Thor estaba profunda y estúpidamente enamorado de Valentina, e incluso los padres de Thor la aceptaban con los brazos abiertos. Mientras Valentina mantuviera la fachada, su matrimonio con un millonario como Thor estaba asegurado.
Casarse con la Familia Echeverría no era cualquier cosa. Eran parte de la crema y nata de la alta sociedad. Para una chica de estrato común, tener el apoyo y el afecto sincero de un heredero millonario y de su familia entera era una suerte cósmica que otros no tendrían en tres vidas.
¡Pero al ver la situación, era obvio que Valentina no estaba satisfecha con haber sacado el premio mayor! ¡Tenía una ambición asquerosa, apuntando directamente hacia Aspen!
—¿La conoces, Señora Carol? —preguntó una de las secretarias más jóvenes desde su escritorio, no pudiendo aguantar el chisme.

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