Al día siguiente, por la mañana.
Poco después de que Carol despertara, Samira y Tania llegaron a su puerta.
Junto con ellas venían Dúnya, Abel, Gael y Orion.
Llevaban un tiempo sin verse, así que el reencuentro estuvo lleno de alegría.
El día estaba soleado y perfecto, así que decidieron preparar una parrillada con un asado en el jardín para el almuerzo.
Mientras los hombres se encargaban de organizar la comida y prender el fuego, las mujeres se instalaron a charlar en la frescura del porche acristalado.
Como era su costumbre, Carol fue directo a revisarle el pulso a Samira para cerciorarse de cómo iba el bebé.
—¡Qué maravilla! Estás estupenda, Sami, y el bebé también. ¡Muy fuertes ambos!
Al escuchar eso, todas supieron que madre e hijo estaban en perfectas condiciones. Tania comentó con una enorme sonrisa:
—¡No podía ser de otra forma! La Familia Hidalgo los trata como si fueran de cristal, los cuidan con pinzas. ¡Si este bebé no saliera fuerte, sería para enojarse!
Samira rio divertida.
—Siento que este pequeñito tiene mucha más energía de la que tenía Nano a su edad. Aún no sabemos si será niño o niña, pero si es niña, ¡seguro que será una guerrera indomable!
Carol preguntó con una sonrisa pícara:
—¿Ya quieren saber qué es?
Samira negó con la cabeza efusivamente.
—No, no queremos. Si nos enteramos ahora le quitamos toda la emoción. Preferimos que sea una sorpresa hasta el final.
Carol afirmó con ternura:
—Pues sigan esperando, estoy segura de que este bebé les traerá toda la felicidad que desean.
Samira sonrió dulcemente.
—Mientras nazca sano y fuerte, nos da exactamente igual si es niño o niña. Estaremos igual de felices.
Carol le devolvió la sonrisa y procedió a tomarle el pulso a Tania y a Dúnya.
—Dicen que una mujer florece si el hombre sabe cómo cuidarla. Ustedes dos están radiantes, se nota que Abel y Gael las tratan como a reinas.
Tania, siempre directa y sin rodeos, fue al grano:
—Carol, revísame bien, por favor. ¿Crees que mi cuerpo ya esté listo para buscar mi segundo bebé?
Carol la miró sorprendida.
—¿Ya estás planeando el segundo?
Tania asintió con entusiasmo.
—Siempre me han encantado los niños. Además, tanto mi familia, la Familia Verano, como la familia de Gael, la Familia Redón, son pequeñas. Me gustaría tener varios hijos; de todos modos, no es como si no pudiéramos mantenerlos.
Carol la tranquilizó.
—Claro que pueden. Tu estado de salud actual es excelente.
Tania soltó la verdadera pregunta:
—Entonces... ¿crees que podría someterme a una fecundación in vitro?
Esta vez Carol sí que se asombró.
—¿Quieres hacerte una fecundación in vitro?
Tania asintió con cierta gravedad.
—Ya sabes que tengo problemas para concebir. Con todo lo que viví la última vez, ya no quiero jugar al desgaste. Prefiero ir a lo seguro y optar por el in vitro de una vez.
Carol le explicó con profesionalismo:
—Físicamente, tanto Gael como tú están perfectamente sanos. Pero debes saber que un procedimiento in vitro es agotador y doloroso para la madre. Intentar un embarazo natural sería mucho más amable con tu cuerpo.
Tania confesó, soltando un suspiro:
—Cuando intentábamos tener a Dulci casi caigo en depresión. Mi mente es mi peor enemiga; si paso seis meses o un año sin lograr quedar embarazada, la ansiedad me va a devorar viva. No quiero perder más tiempo. Quiero el in vitro para el segundo bebé, ¡y luego quiero ir por el tercero!
Carol la conocía bien y la entendía perfectamente.
A Tania le fascinaban los niños; no por nada había elegido ser educadora infantil.

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