Al mismo tiempo, en el restaurante de Valentina Ferrer.
La noche anterior, Valentina casi colapsa del coraje, lo que le impidió dormir hasta altas horas de la madrugada; se había despertado apenas al mediodía.
Al verla llegar, Reina, una de las meseras de su entera confianza, corrió a buscar una bolsa de hielo y se la aplicó en el rostro.
—Aún se nota la hinchazón, pero está mucho mejor que ayer.
—Jefa Valentina, es usted demasiado noble. Sin importar quién fuera, si alguien se atreve a tocarla, ¡usted debe responder el golpe! ¡Qué importa quién se crea ella, primero la muele a golpes y luego pregunta!
—De todas formas, golpear a alguien es un delito; el que levanta la mano primero siempre tiene las de perder. ¡Nadie tiene derecho a agredir a otra persona porque sí!
Reina era del mismo pueblo que Valentina. Había llegado a Puerto Rafe buscando su apoyo, conocía de cerca la vida y los secretos de su jefa, y le era fiel como un perro.
Valentina frunció el ceño con frustración.
—Tenía todas las de perder en esa situación. Si armaba un escándalo y llegaba a los oídos de Thor, habría cavado mi propia tumba.
Reina protestó indignada:
—¿Pero qué tiene de malo acomodar una estúpida corbata? No es como si se estuvieran besando o algo así. Aunque el Señor Echeverría se enterara, ¿qué iba a pasar?
Valentina bufó molesta.
—No entiendes cómo funcionan las cosas en su mundo. Los ricos están llenos de reglas y paranoias. Thor no es idiota; si se enteraba, seguro que se pondría furioso.
—No puedo permitirme perder a Thor antes de lograr conquistar al Señor Bello o a Orion Hidalgo. Por ahora, él es el único patrocinador fuerte que tengo.
Reina preguntó con preocupación:
—¿Entonces qué hacemos? ¿Dejaremos que esa bofetada quede impune?
Los ojos de Valentina se llenaron de un odio venenoso.
—Por ahora tragaré veneno y sonreiré, ¡pero juro que me cobraré esta humillación! ¡Llegará el día en que dejaré a esa maldita de Carol con la cara destrozada a bofetadas!
Reina añadió con asco:
—Esa tipa se pasó de la raya. Si quería decir algo, podía usar la boca, pero recurrió a la violencia física. Y directo al rostro, nada menos. ¡¿Qué clase de dama de la alta sociedad es esa?! Las mujeres de dinero de verdad siempre usan las palabras, jamás las manos. ¡Parecía una barriotera histérica!
Valentina escupió sus palabras:
—¡Porque eso es lo que es, una vulgar barriotera! ¡Su vida de niña fue peor que la nuestra, se crio rodeada de violencia intrafamiliar!
Reina hizo una mueca de desprecio.
—Con razón es tan salvaje. A kilómetros se nota que tiene problemas de agresividad. ¡Quién sabe qué le vio un hombre tan poderoso como el Señor Bello!
Valentina se cruzó de brazos con amargura.
—Pura suerte de arrabalera. Como le dio varios hijos al Señor Bello, él la tolera. Si no fuera por los mocosos, ¡esa gata no tendría el derecho ni de limpiarle los zapatos al Señor Bello!
Valentina se desahogaba verbalmente, pero los recuerdos del día anterior volvían a atormentarla, ¡llevándola al borde de la locura por la envidia!
¡La forma en la que Aspen miraba a Carol, con una ternura que derretía el alma, no la dejaba en paz!
Reina opinó con cautela:
—He escuchado que, para las familias de mucho dinero, los herederos lo son todo. Si esa mujer ya le dio hijos, ¿crees que todavía tengas oportunidad de quitárselo?
Valentina rodó los ojos y contestó cortante:
—Yo no estoy enferma, ¡yo también puedo parirle hijos!
—Y al final del día, Carol no es más que una niña boba y sin estudios. ¿Qué beneficio real puede aportarle al Señor Bello?
—En cambio yo soy diferente. Yo tengo la astucia y los contactos. ¡Puedo ayudar al Señor Bello a aliarse con la Familia Echeverría y con otros grandes magnates! ¡Sería su arma secreta, no un adorno inútil!
—Si estuvieras en los zapatos del Señor Bello, ¿a quién preferirías?
Reina no dudó ni un segundo.
—¡Pues claro que a usted, jefa! ¡Solo un ciego preferiría a esa mosquita muerta de Carol!
El comentario de Reina le infló el ego a Valentina y le devolvió la seguridad.
—¡Exactamente! ¡Conquistar a Aspen Bello no es imposible para mí!

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