Mientras tanto, tras salir del restaurante, el grupo se dirigió directamente al departamento de César Ramiro.
César los recibió sorprendido.
—Carol, ¿qué hacen todos aquí? ¿Cuándo volviste?
—Llegué ayer —respondió Carol—. Hoy organizamos una comida familiar. Te invitamos, pero brillaste por tu ausencia.
César sonrió con cierta vergüenza.
—No sabía que habías vuelto, ni que iban a estar todos. Pensé que solo era una salida de amigos con los chicos para tomar unos tragos.
Orion entrecerró los ojos.
—Ah, claro. ¿O sea que a las reuniones de chicas sí vas, pero a las de los compadres no?
César soltó una carcajada mientras preparaba un buen café para todos.
—Yo siempre he sido del equipo de Carol, ¿apenas te das cuenta? ¿Verdad, Carol?
Carol asintió con una sonrisa.
—Así es, César es de los nuestros.
Carol sentía un gran aprecio por César. La familia Ramiro tenía un imperio en el negocio de las esmeraldas y piedras preciosas. Operaban de manera impecable y a menudo conseguían piezas exóticas de las zonas más peligrosas del extranjero.
El tema con las piedras preciosas es peculiar. Quien no sabe apreciarlas, piensa que es un desperdicio de dinero. Pero los coleccionistas se vuelven locos y están dispuestos a pagar fortunas por una pieza única.
A Carol no le llamaban mucho la atención, pero a su hijo Luca le fascinaban.
Y César siempre le regalaba piezas exclusivas a Luca. Cada vez que conseguía una rareza, pensaba en el niño. Aunque Carol no lo dijera abiertamente, estaba muy agradecida con él, y por eso había querido ir a visitarlo.
Samira también le tenía cariño y agregó:
—Cualquiera que se meta con César, se mete con nosotras. Así que si a ustedes dos se les ocurre molestarlo, piénsenlo dos veces.
La sonrisa de César se ensanchó.
—¿Escuchaste eso, Orion? Más vale que me traten con respeto, ¡tengo protección VIP!
Orion bufó, pero antes de que pudiera responder, Samira le hizo una seña a César.
—César, deja que Orion prepare el café. Ven acá, tenemos algo que mostrarte que te va a alegrar el día.
Sin dudarlo, César le pasó la cafetera a Orion.
—Me llaman las jefas, te toca.
Orion rodó los ojos.
—¡Aprovechado!
César se lavó las manos y se acercó a Samira y Carol. Samira le entregó una tablet. En la pantalla, se veían fotos del rostro hinchado y magullado de Valentina.
César abrió los ojos de par en par.
—¿Valentina? ¿Quién le hizo esto?
—Yo —dijo Samira.
—Y yo —añadió Carol.
Tania levantó la mano desde el fondo.
—Yo también.
César las miró incrédulo.
—¡¿Qué?!
Samira se encogió de hombros.
—Nos enteramos de que te ha estado causando dolores de cabeza últimamente, así que fuimos a bajarle los humos. Sabemos que tú no podías levantarle la mano a una mujer, pero a nosotras nos da igual.
—¿Thor sabe de esto? —preguntó César, preocupado.
—Seguro que no —respondió Samira—. Si lo supiera, ya nos habría llamado histérico.
César frunció el ceño, confundido.
—Recibió tremenda paliza, ¿por qué no le iría con el cuento a Thor?
—Porque no es tonta. Sabe que, aunque le diga a Thor, con Orion y Gael protegiéndonos, no puede hacernos nada. Además, ahorita no está pensando en venganza, su único objetivo es ver cómo se mete en la cama de Orion.
César giró la cabeza para ver a Orion, quien se encogió de hombros con fingida modestia.
—¿Qué te puedo decir? Soy guapo, carismático y magnético. Mujer que me ve, mujer que cae a mis pies.
Al ver que Samira torcía la boca con sarcasmo, Orion corrigió rápidamente:
—¡Pero mi corazón es solo de Samira! ¡No importa cuántas me rueguen, yo solo tengo ojos para mi mujer!
Samira soltó una carcajada, y el resto del grupo la siguió.
César había estado muy tenso los últimos días, pero ese momento logró levantarle el ánimo.
—De verdad, si no fuera mujer, yo mismo le habría dado una paliza hace mucho.
—Pensé que no lo hacías por respeto a Thor —comentó Samira.
César tensó la mandíbula.
—¡No tiene nada que ver con él!

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