La agitación de Teodoro era tal que, de pronto, comenzó a toser de manera violenta, casi ahogándose de la furia.
—¡Déjame verlo! ¡Te juro que ahora sí me dan ganas de matarlo con mis propias manos!
Aspen se acercó rápidamente y le dio unas suaves palmadas en la espalda.
—Trate de calmarse primero.
Pasó un buen rato antes de que el general lograra estabilizar su respiración. Con los ojos inyectados en sangre, se dirigió a Aspen.
—He vivido toda mi vida con honor. Amé a tu madre con un respeto absoluto, di la vida por mis compañeros de armas y serví a nuestro país con lealtad intachable.
—¡Mi único maldito error fue confiar ciegamente en él! ¡Fue quererlo como a un hermano de sangre!
—Cuando desertó, se llevó un arma. Viví con el alma en un hilo todo este tiempo. Los mismos años que estuvo desaparecido, son los mismos años que pasé aterrado. ¡Aterrado de que matara a un inocente o de que terminara destruyéndose a sí mismo!
—Claro que le guardo rencor, pero a la vez, ¡me importaba! Lo busqué para exigirle una explicación, sí, pero también para saber si seguía vivo.
—¡Y resulta que en su mente podrida yo soy un asesino que va por él! ¡¿Esa es la imagen que tiene de mí?!
Aspen lo escuchó en silencio, absorbiendo cada palabra.
Antes de que pudiera responder, Teodoro lo miró con desesperación.
—Aspen, dime la verdad... ¿Por qué lo estás investigando? ¿Acaso se convirtió en un criminal?
—...Sí —admitió Aspen.
Teodoro sintió un nudo en la garganta.
—¿Qué clase de crímenes ha cometido?
—Ha conspirado para asesinar.
El general frunció el ceño.
—¿Conspirado? ¿Eso significa que... solo lo planeó pero no llegó a matar a nadie?
Aspen negó lentamente con la cabeza.
—No. Ha asesinado, y a muchos.
Ricardo Rojas era uno de los miembros fundamentales detrás de la red del virus de 8ª generación. Era imposible que no tuviera las manos manchadas de sangre. Además, para haberse escondido y operado en Puerto Rafe durante treinta años forjando alianzas clandestinas, sin duda había dejado un rastro de cadáveres a su paso.
Teodoro, horrorizado, preguntó:
—¿A quién planeaba asesinar ahora?
—...A muchísima gente.
Los ojos del general casi se salen de sus órbitas.
—¡¿Se volvió un terrorista?!
Tras un instante de silencio, Aspen respondió con frialdad.
—Me temo que es mucho peor que un simple terrorista.
El hombre mayor se quedó mudo por la impresión.
—... ¿Qué demonios ha hecho, muchacho?
Como Aspen no respondió, el general insistió, uniendo las piezas de lo poco que sabía.
—Aspen... ¿acaso lo investigas porque lastimó a alguien tuyo?
Aspen permaneció en silencio unos segundos, mirándolo a los ojos con intensidad.
Con la respuesta que Teodoro acababa de dar, la enorme duda que pesaba sobre el corazón de Aspen finalmente se disipó. El general no era parte de ellos.
Exhaló profundamente, soltando el peso del mundo.
—Él estuvo involucrado en la muerte de mis padres.

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