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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 3477

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Aspen respondió cortante: —¿Y tú olvidaste en manos de quién está tu vida ahora?

Leo se quedó helado y frunció el ceño.

Aspen prosiguió sin darle tregua:

—Tú conoces a esa gente mejor que yo. Deberías tener muy claro en qué situación estarías ahora mismo si no fuera por mí.

Leo titubeó: —Tú... ¿Por qué me estás ayudando?

Aspen contestó fríamente: —Porque me conviene.

Leo preguntó con sospecha: —¿Qué beneficio sacas de esto?

Aspen evadió responder directamente, y con una mirada gélida le aclaró:

—Lo único que necesitas saber es que, si quieres morir, nadie te va a detener. Puedes morirte cuando quieras; tu muerte no me afecta en lo más mínimo.

—Pero si quieres seguir vivo, tendrás que obedecerme. Harás exactamente lo que yo te ordene.

—Además, aunque es cierto que respeto muchísimo a Doña Flores, no creas que puedes aprovecharte del cariño que le tengo para obtener algún trato preferencial.

—¡Para mí, tú no tienes nada que ver con ella! De hecho, por no haberla ayudado en su momento, me causas bastante repulsión.

—Así que bájate de esa nube. No voy a tener ninguna consideración contigo en nombre de Doña Flores.

Leo se quedó sin palabras. —...

Mantuvo el rostro sombrío durante un largo rato antes de preguntar: —¿Qué es lo que quieres que haga?

Aspen ordenó: —Para empezar, háblame del veneno cuya información te enviamos hoy.

Al darse cuenta de que Aspen necesitaba su ayuda, Leo no perdió la esperanza y volvió a insistir:

—¿Qué relación tienes exactamente con Flora?

Aspen reiteró: —Es un asunto estrictamente personal que a ti no te incumbe.

Leo lo presionó: —Entonces, ¿sigue viva o no?

Aspen lo cortó en seco: —Asunto personal.

Leo, visiblemente ofendido, sentenció: —Si no me respondes, me niego a contestar tus preguntas. Me llevaré el secreto a la tumba.

Aspen apretó los labios con desdén.

—¿Ya lo pensaste bien? Porque si estás tan seguro, en este mismo instante ordeno que te entreguen directamente a esa gente.

Leo, con los dientes apretados, lo desafió:

—¡A ellos les sigo siendo útil! ¡Incluso si me entregas, no me matarían!

Aspen se rio con mofa.

—¡Si les eres útil o no, lo decido yo! Si terminaras ciego, sordo y en silla de ruedas, ¿seguirían valorándote igual?

Leo abrió los ojos de par en par. Se quedó petrificado por un par de segundos y luego le gritó:

—¡Aspen Bello! Eres igual de despiadado. ¡¿Qué diferencia hay entre tú y ellos?!

Aspen mantuvo su tono inalterable.

—La diferencia es enorme. Ellos son capaces de matar a su propia gente. Yo, en cambio, solo lastimo a mis enemigos. Jamás pondría un dedo sobre los míos.

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