—La abuela es una mujer que ha sobrevivido a tragedias inmensas y que entiende la vida y la muerte mejor que nadie. Incluso si se le rompe el corazón, sabrá cómo enfrentarlo. No te angusties de más.
—Además, todo esto que estamos hablando no son más que teorías. Aún no sabemos si ella sigue con vida o no, así que no te mortifiques desgastándote por algo que no ha pasado.
Carol tomó una bocanada de aire y soltó un suspiro prolongado.
—¡Tienes razón!
Aspen le dio un tierno beso en el cabello y murmuró con dulzura:
—Ve a cambiarte, anda. Hace un momento recibí un mensaje de Laín; van a llegar a Puerto Rafe a las seis en punto de la tarde.
Carol se separó un poco de él, sorprendida.
—¿A las seis? ¡Qué pronto!
Aspen sonrió.
—Sí, hoy solo tuvieron clases hasta mediodía, así que salieron bastante temprano.
Carol miró el reloj en la pared.
—¡Ya son las dos de la tarde! Me cambio de inmediato. Daremos una vuelta rápida por el centro comercial, un par de horas a lo mucho, y regreso corriendo a empezar la cena.
—Tómatelo con calma —sugirió él—. Si quieres podemos ir a cenar a algún restaurante.
Carol negó rotundamente.
—¡De ninguna manera! Llevo muchísimo tiempo sin cocinar para mis hijos. Quiero prepararles algo especial con mis propias manos.
Aspen esbozó una media sonrisa.
—Siendo así, en la tarde no vayas al aeropuerto, yo me encargo de ir a recibirlos.
Carol parpadeó un par de veces, confundida.
—¿Ir al aeropuerto? ¿A qué te refieres? ¿No se suponía que Laín y Miro regresarían en auto?
—No voy por ellos —aclaró Aspen—. Voy a ir a buscar a mis suegros.
Carol abrió los ojos como platos.
—¡¿Mis papás vienen a Puerto Rafe?!
Aspen asintió, su sonrisa ensanchándose al ver la cara iluminada de su esposa.
—Acabas de regresar. Obviamente ellos no iban a perder la oportunidad de venir a verte. Eres la consentida de la familia, así que volaron hasta aquí.
Carol estaba eufórica.
—¡Pero si ya les había dicho que iba a ir a visitarlos a Ciudad Pacífico antes de nuestro próximo viaje! ¿Por qué decidieron venir?
—Seguro la paciencia se les agotó. Te extrañan demasiado.
La emoción de Carol desbordaba por cada poro.
—¡Pero si no me avisaron nada!
—Querían darte una sorpresa. Pero yo quería verte feliz desde ahora, así que no pude aguantarme el secreto.
—¡Qué emoción tan grande! —gritó Carol, dando un saltito—. ¿A qué hora aterrizan?
—Más o menos a las cinco. Si estás decidida a que no salgamos a comer, entonces quédate en casa preparando el banquete y yo voy al aeropuerto a recogerlos.
Carol lo meditó por un segundo y asintió con entusiasmo.
—¡Hecho! Baja y entretén a Orion y a Samira, yo me cambio volando.
—Tómate tu tiempo. Ellos ya se fueron.
Carol se detuvo en seco.
—¿Ya se fueron? ¿A qué hora? ¡Si Samira y yo quedamos en ir de compras!
—Mi suegro me llamó para avisarme del vuelo hace rato. Les comenté que vendrían y, sabiendo el caos feliz en el que ibas a estar, decidieron adelantarse para no estorbarte.
—... Ya veo —Carol hizo un pequeño puchero, pero la emoción le volvió al instante—. Bueno, me pondré de acuerdo con ellos para salir mañana. Entonces, ¡vamos directo al supermercado grande, necesitamos ingredientes frescos!

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