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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 3505

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—Acabo de comunicarme con Manuel. La historia es cierta.

—Dice que cuando el equipo de arqueólogos llegó, él estaba fuera de Ciudad Frontera inspeccionando otros terrenos.

—Regresó a los pocos días, pero decidió mentir y decir que seguía fuera por miedo a que, si los arqueólogos sabían que el jefe estaba ahí, empezaran a exigir cosas y a causar problemas.

El ceño de Aspen se profundizó. —¿Y por qué no llamó para informar de esto?

—Me dijo que intentó contactarme, pero no tuvo suerte—, explicó Gael. —Luego, cuando vio que los arqueólogos pedían tanta confidencialidad y que el problema no había escalado, pensó que no era gran cosa y dejó de insistir.

La expresión de Aspen dejó claro que esa excusa no le servía en absoluto.

—¿Se involucra un proyecto de nivel nacional y él piensa que no es gran cosa? ¿Acaso Manuel ya perdió el piso? ¿Tanto tiempo lejos lo hizo olvidar cómo funcionan las cosas reales?

Aspen siempre había sido un hombre sumamente pragmático. Sí, tenía un imperio millonario, pero sabía perfectamente que, para que un negocio prospere, jamás debes interponerte en el camino del Estado.

Cuando los intereses privados chocan con un proyecto de la nación, la prioridad es obvia. Era una regla de supervivencia que había aprendido mucho antes de conocer a Carol o a los ancianos fundadores.

—Hablaré seriamente con él más tarde—, prometió Gael en voz baja.

Aspen soltó un ligero suspiro. —¿Cómo está por allá? ¿Todo bien?

—No me ha mencionado ninguna queja.

Tras un breve silencio, Aspen ordenó: —La próxima vez que tengas un viaje cerca, desvíate a Ciudad Frontera y échale un ojo personalmente.

—Entendido.

Sin darle más vueltas al asunto, Aspen lo dejó pasar por el momento.

Al caer la tarde, Nano y Dulci regresaron del colegio directamente a Jardín Número Uno, llenando la casa de aún más energía y alboroto.

El grupo celebró y rió hasta altas horas de la noche antes de finalmente despedirse.

Al día siguiente, todos durmieron hasta el mediodía.

Carol estaba dispuesta a prepararles algo especial a Laín y Miro antes de su partida, pero los niños, sabiendo lo cansada que estaba su madre, insistieron en ir a comer al Hotel San Rafael.

Así que, la familia de seis disfrutó de un gran banquete en el restaurante.

De regreso en casa, Carol comenzó a empacar las maletas de Laín y Miro. Zapatos nuevos, ropa impecable, abrigos y bolsas repletas de sus dulces favoritos; cada uno tenía un equipaje enorme.

Al ver a su madre guardar cuidadosamente los calcetines nuevos, los niños compartieron una mirada que mezclaba diversión con una profunda punzada de melancolía.

Carol no quería soltarlos, y ellos detestaban la idea de separarse de ella.

Pero papá se los había dejado claro: la distancia es el precio que se paga por crecer. Necesitaban volverse fuertes y letales, porque solo así podrían proteger a su madre en el futuro.

Las despedidas siempre dejan un sabor amargo. A Carol y a la abuela Lola se les llenaron los ojos de lágrimas, mientras que Laín y Miro fingían una entereza de hierro, agitando las manos con enormes sonrisas.

Pero en el instante en que la puerta del auto se cerró, ambos rompieron a llorar en silencio.

Aspen, sentado frente a ellos, se limitó a pasarles pañuelos de papel sin decir una palabra. —...

Tras dejar a cada uno en su respectivo campus, Aspen se dirigió directamente a la residencia de la familia Ibarra.

Su llegada sin previo aviso tomó al General Ibarra por sorpresa.

—Aspen, muchacho, ¿por qué no avisaste que venías? ¿Y Carol?

—Se quedó en Puerto Rafe con sus padres. Vine solo—, respondió él con tono sereno.

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