En otra parte de la ciudad, después de despedirse de los hermanos Ruiz, Aspen Bello subió de vuelta a su auto.
Carol y el resto de su familia ya los estaban esperando allí.
Al verlo subir al vehículo, Carol fue la primera en preguntar.
—¿Quiénes eran esos dos hombres?
Aspen se abrochó el cinturón y contestó con naturalidad:
—Gente del General Ibarra. Vinieron al rescate porque pensaban que la Familia Castillo nos emboscaría a la salida.
Carol abrió los ojos sorprendida:
—... ¡¿Así que eran de los nuestros?!
Aspen asintió levemente.
—A simple vista, parecen hombres confiables. Gael, quiero que averigües todo sobre ellos, investiga su historial a fondo.
Gael, sentado en el asiento del copiloto, asintió.
—Entendido.
Carol no aguantó la curiosidad y volvió a preguntar.
—¿Qué tanto hablaron allá arriba? Se tardaron muchísimo. Ah, por cierto, hace un rato vimos a la mamá de Gaspar Castillo salir corriendo del hospital ahogada en llanto. Parecía que la atropelló un tren, ¿qué fue lo que le pasó?
Aspen esbozó una leve sonrisa.
—Solo estuvimos discutiendo con Feliciano y Javier Castillo, a ella la ignoramos por completo. Me imagino que peleó a gritos con su marido. Hoy no debe ser su mejor día.
Carol lo analizó.
—Tiene sentido. Obviamente la iban a humillar y a llenarla de rabia; debe haber sentido que su esposo no movió un dedo por defenderla, es lógico que estuviera enojada. Pero... ¿de dónde sacó el valor para armarle un drama a los Castillo? ¿No se supone que son una de las familias más poderosas?
Aspen respondió con tranquilidad.
—Sus propios padres también tienen mucho peso. Tiene una familia influyente que la respalda.
Carol se mostró un poco inquieta.
—¿La familia de Silvana también es poderosa?
Aspen soltó una carcajada suave y la tranquilizó.
—No tienes de qué preocuparte. Por mucho poder que tengan, ninguno se atrevería a ponerle un dedo encima a mi esposa. Dime algo, cuando le estabas dando su merecido, ¿no te lastimaste la mano?
Al mencionar el tema, a Carol se le iluminó el rostro.
—¡Para nada! Con Ledo, Cano y Pink a mi lado, era imposible que ella pudiera hacerme siquiera un rasguño.
—Además, no es por presumir, pero sé pelear. La mamá de ese niño no estaba a mi nivel. ¡Fue un alivio total! ¡Saqué todo el coraje que traía atorado!
Lola Ortega, con una sonrisa serena, comentó.
—Es la primera vez que veo a mi niña pelear así. Pero nadie puede culpar a Carol.
—Ustedes apenas salieron por la puerta y esa mujer empezó a insultarnos y a gritar. Pensó que, como no había hombres defendiéndonos, era su momento de golpearnos, ¡y terminó llevándose una paliza que no va a olvidar! Incluso intentó gritar por sus guardaespaldas, pero nadie pudo entrar a ayudarla.

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