A cientos de kilómetros de distancia, en una playa exclusiva.
Un hombre joven estaba reclinado en una tumbona. Apretó el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Tenía el ceño fruncido y la espalda rígidamente recta.
Respiraba agitado, su pecho subiendo y bajando con violencia. ¡Estaba sudando frío de puro pánico!
Tras unos segundos de parálisis, marcó un número a toda prisa.
—¿Cuánto sabe exactamente Damián Ibarra?
La voz al otro lado sonó desconcertada: —¿Cómo? ¿Qué ocurre?
—¡Siento que Damián le reveló algo a Aspen Bello! Acabo de hablar con él y sus palabras... tenían doble sentido. No actuó como de costumbre.
—¿A qué te refieres con doble sentido? —preguntó su superior.
El joven chasqueó la lengua, demasiado alterado como para dar una explicación coherente.
—Ustedes han tenido a Damián bajo vigilancia estricta todo este tiempo. ¡Díganme la verdad! ¿Alguna vez logró investigarme?
—Es un hecho que intentó investigar a todos los que alguna vez se comunicaron con él —respondió el superior—. Pero, según nuestros informes, nunca logró descubrir nada sobre ti.
»Damián ocupaba una posición de poder, sí, y tenía amplios recursos. Pero no tenía la astucia necesaria, y su arrogancia lo volvía impulsivo. Si hubiera logrado destapar tu identidad, no habría podido mantener la boca cerrada. Habría actuado de inmediato.
El joven procesó la respuesta y, lentamente, comenzó a tranquilizarse.
—Tiene sentido.
Dejó escapar un suspiro que le tembló en los labios.
—Dios, casi me da un infarto. Creí que ese bastardo de Damián le había soltado alguna pista a Aspen.
—¿Qué te dijo Aspen exactamente para ponerte en ese estado? —preguntó la voz, intrigada.
—Me preguntó, de la nada, qué edad tenía... ¡Y el tono con el que lo hizo! Sonaba arrogante, como si tuviera un as bajo la manga.
—¿Por qué diablos te preguntaría tu edad?
—¡Esa misma pregunta me hago yo! —estalló el joven—. Tú conoces su perfil psicológico mejor que yo. ¿Qué crees que está intentando hacer?
Hubo un largo silencio en la línea antes de que el superior respondiera.
—Es imposible descifrar la mente de Aspen Bello. Ni siquiera Abel o Gael, que son su sombra, logran predecir sus movimientos. Mucho menos nosotros.
—Entonces, ¿crees que me estaba faroleando? —cuestionó el joven, frotándose la frente.
—¿Faroleando sobre qué?
—Buscando que yo mismo soltara mi edad o algún detalle de mi identidad por la tensión.
—...
—Si no hubiera reaccionado rápido —continuó el joven con un tono de orgullo recuperado—, le habría contestado instintivamente. Y al darle mi edad, le habría regalado información clave para que redujera su círculo de sospechosos.
—...
El joven exhaló de nuevo, sacudiendo la cabeza para despejarse.
—Asegúrense de mantener los ojos abiertos. Si los hombres de Aspen intentan investigar cualquier cosa relacionada con 'Mar de Nubes', necesito que me lo informen al segundo.
—Entendido.
El joven colgó, cerró los ojos e inhaló profundamente el aire salado.
La brisa marina era suave; el sonido de las olas rompiendo contra la orilla era casi hipnótico. Las gaviotas daban vueltas en el cielo despejado.
Unos metros más allá, varios gatos robustos y bien alimentados correteaban por la arena dorada.
Era una mañana radiante, una escena de tranquilidad absoluta.
—Miau.
Un enorme gato atigrado naranja saltó sobre el regazo del joven y comenzó a restregar la cabeza cariñosamente contra su barbilla.
El joven abrió los ojos, acarició el espeso pelaje del animal y lo levantó en brazos mientras se ponía de pie.
—Vamos a darle de comer a los peces.
Con un imperceptible movimiento de cabeza, le dio una señal a uno de sus guardias. El subordinado asintió con una reverencia y se retiró rápidamente.

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