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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 3586

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Veinte minutos después, la numerosa comitiva regresó a la residencia de los Ibarra.

En la entrada ya no quedaba ni rastro de Feliciano, ni tampoco se veían las coronas fúnebres.

Luego de que todos regresaran a sus respectivos patios para descansar, Seguro llamó a su subordinado para preguntarle qué había pasado. Sin embargo, antes de que pudiera pronunciar una palabra, el hombre soltó con evidente emoción:

—¡Don Seguro, ocurrió una desgracia en la Familia Castillo!

Seguro se quedó de piedra. —¿Qué pasó?

El subordinado respondió eufórico:

—¡El Patriarca Castillo ha muerto!

Seguro parpadeó, incrédulo. —¿Es en serio?

El subordinado asintió enérgicamente:

—¡Debería ser cierto! Hace apenas veinte minutos, Feliciano y su hijo seguían vociferando en nuestra puerta. De repente recibieron una llamada, ¡pegaron un grito y salieron corriendo despavoridos!

—Mande a investigar y me enteré: ¡resulta que el Patriarca Castillo falleció!

Seguro no podía creerlo. —¿Cómo pudo ser tan repentino?

El subordinado continuó, saboreando cada palabra:

—¡Quién sabe! ¡El que a hierro mata, a hierro muere! ¡Al final les llegó el karma!

Seguro frunció el ceño. —¿La información está confirmada?

El hombre asintió.

—Bueno, Feliciano mismo se encargó de anunciarlo a los cuatro vientos. Ahora mismo todos los altos mandos de la Familia Castillo están corriendo hacia su residencia principal, dicen que para preparar el funeral.

—Y toda esa gente que siempre busca arrimarse a ellos para ganar favores ya se vistió de luto y están haciendo fila para dar sus condolencias.

El subordinado hizo una pausa y frunció el ceño con disgusto:

—Pero hay algo más... Feliciano anda diciendo que la Familia Ibarra fue la culpable de la muerte del Patriarca. Prometió que vendrían a buscar problemas con nosotros para vengar su muerte y hacer justicia. Es casi seguro que vengan a molestarnos en los próximos días.

Seguro reflexionó con el ceño fruncido.

—El viejo Castillo es veinte años mayor que yo, pero su salud siempre ha sido envidiable. ¿Cómo va a caerse muerto de la noche a la mañana? Él...

De pronto, algo hizo clic en su cabeza y volteó a mirar a Laín:

—Laín, tú...

Laín lo interrumpió con calma:

—No se preocupe, tío Seguro. En efecto, yo fui quien movió los hilos, pero jamás recurriría a asesinatos o incendios. El viejo Castillo no está muerto.

El subordinado se quedó pasmado.

—Pero... si hasta Feliciano dijo que estaba muerto, ¡y el alboroto que armaron fue inmenso!

Laín sonrió levemente. —Por eso mismo es que le van a dar una buena paliza a Feliciano.

El subordinado se quedó en blanco. —¿Qué?

Seguro lo entendió todo al instante y, por primera vez en días, una sonrisa genuina asomó a su rostro.

—¡Muchacho, eres increíble! ¡Qué jugada tan maestra!

Laín respondió con modestia: —Es que ellos son demasiado tontos.

Seguro, embargado por la emoción, le ordenó a su hombre:

—¡Ve a comprar coronas fúnebres y envíalas a la casa de los Castillo! ¡Compra muchas, mándales cien coronas!

El subordinado, aunque seguía confundido, asintió vigorosamente. —¡Enseguida!

Apenas se alejó un poco para dar las órdenes, su teléfono sonó. —...

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